ROMANCERO DE BAR





ROMANCERO DE BAR
 Autor: Luis García Centoira



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0. PRÓLOGO.
- Rosa, detrás de la barra.

Sé que entre tapa y cerveza,
que más allá del cortado,
café con leche y batidos
está mi vida esperando
a que yo pueda vivirla.

Y sé que entre fregar platos,
poner manteles, servir
almuerzos y limpiar vasos
se me está escapando el tiempo
que los dioses me asignaron.

Pero siempre están ahí,
mis clientas, mis parroquianos,
ante su copa de brandy,
 
su martini, su té blanco,
 
rumiando entre sorbo y sorbo
vidas vividas de paso.

En tanto se viene el día
de trenzar mi propio canto
dejad que estos versos hablen
de quien amó siempre en vano, 
quien todo apostó y perdió,
quien bebe ira despacio.

Son biografías de bar
que quizá otros contaron;
quienes ocupan las sillas
de mi taberna de barrio
parecen pedir a gritos
que alguien escriba su pasos,
que yo recoja su historia
y la convierta en relato.





1. MARTA
- Cada mañana, café con leche y dos magdalenas.

Eran dos niños apenas
cuando ante Dios se casaron,
la vida les negó hijos
y él se hundió en trabajo.

Fueron, contó uno a uno
casi treinta y dos veranos,
toda una vida anulada
por su complejo de macho.

No dejó que trabajara,
ser su criada como pago
obtuvo mil y un desprecios,
desplantes, golpes amargos.

Puta servil en su cama,
tornada en puño su mano,
veía del mundo el rostro
por su dueño autorizado.

No le despierta ya el miedo,
ese temor seco, huraño,
es tan vago su recuerdo,
parece ya tan lejano…

Y Si no añora al difunto
no es por culpa del maltrato;
hubo golpes que dolieron,
sí, heridas que sangraron,
pero peor fue sentirse
suela que no deja rastro.

Con esmero se maquilla
ganando el pulso a los años,
su boca muestra sonrisas,
jovial carmín en sus labios.

Anda erguida, ella que nunca
firmó a su nombre un contrato
hace cola cuando quiere
ante la caja del banco.

Ahora tiene su visa,
dinero para gastarlo,
el muerto invita al café,
pagó el hipotecario.

Tras su muerte se volvió
dueña de sus propios pasos
y ahora cada mañana
su venganza es frío plato:
en magdalenas se gasta,
viuda, la herencia del bárbaro.

Su vergüenza y el dolor
dos alivios encontraron:
haber perdido un marido,
otro no haber encontrado.





2. ROCÍO Y FRANCISCO.
      - Ella, rosquilla glaseada y batido de vainilla, siempre en la mesa más alejada de la barra. Él, cerveza y bocadillo de jamón, ante el mostrador, apenas a un paso de la puerta.

I
“Encargo de Dios no fuiste.
Tomó su escoplo divino
y talló en ti perfecta
obra a cincel y martillo”.

II
Un alto cada mañana
al llegar las ocho y cinco
para pedir en la barra
su caña y un bocadillo.

Mientras aguarda impaciente
que surja cierto sonido
hojea sin leer, tenso,
ese diario deportivo.

Vibra puntual a su cita
el móvil en su bolsillo,
y en la imagen que le llega
de origen desconocido
una mujer vela el rostro,
y se exhibe sin vestido.

Con un pecho a contraluz,
medio pubis entrevisto,
y frases al pie que suenan
como candentes gemidos.

“Pues nunca sabrás quién soy,
puedes ver el precipicio,
esta soy yo: cordillera
que muestra todos sus riscos”.


III
Le da una enorme pereza
enfrentar a un sol dormido,
mas los lavas cada día
o no domas esos rizos.

Luego va a El Desapego,
pide un donut y un batido,
y se pega a la ventana
por ver llegar a Francisco.


Diez minutos nada más
espera antes del envío.
Ella estalla ante sus ojos
cual pan de primer mordisco.

IV
“Eres una mujer cruel
que me somete al suplicio
de ponerle rostro a un cuerpo
cuando dos mil imagino"

V
Ve que se tensa en su espalda
la roja flor del instinto,
y sabe que es por causa
suya temblor tan fortuito,
pues al mirar la pantalla
lo arrolla su ser más íntimo.

VI
Ella empieza la jornada
quizá de un modo distinto
Abre su tahona, musa
sintiéndose de un delirio,
el que a un barrendero asoma
a su carnal precipicio,
incrédulo espectador
de un curvado paraíso.

Ríe al leer el mensaje
que muge el macho bravío:
“Si entre mis brazos un día
anudarte a mí consigo,
volveré tu cuerpo incendio
y ahí me quemaré vivo”.

VII
Él se marcha sin saber
que arde el cutis de Rocío,
Tal vez porque ella, tan seria,
ponderada y con dos hijos,
su rubor oculta tras
el lomo abierto de un libro.
Mujeres así, como ella,
que estudiaron catecismo,
ni mandan fotos ardientes
ni se regalan caprichos
como el de hacer el amor
a obreros desconocidos.

VIII
“Acabarás por enviar
aquella imagen que ansío,
la que tu rostro desvela
al fin de cuello tan fino.
Si ese día llega a estar
prefijado en mi destino,
te llevaré de la mano
a mil lugares prohibidos”.

IX
Con esas cosas soñar
¿no es acaso inofensivo?
Sólo es un juego pueril
entre un limpiador de oficio
y una tendera de barrio
que no arribarán al sitio
donde real arde fuego
tan pasional, sutil, íntimo.

X
Le hace a él más llevadero
portar escoba y rastrillo,
creer ella que en su vida
aún le queda un recinto
donde se inflama el deseo,
donde acaece el peligro.



3. SERGIO.
   - Cada mediodía, Un refresco de cola y una o dos gildas.

Miden apenas un palmo
y lucen buena barriga;
duermen bajo nuestras camas
y no son duendes; caminan
acelerados, corriendo
siempre con enorme prisa.

Sabed que ni a mí, amigo
en quien todos ya confían,
me han confesado jamás
a qué su tiempo dedican,
si hay motivo para tanta
bajada,  tanta subida.

Pero todo lo comprueban:
en mi casa me vigilan,
me acompañan a por pan,
al bus, a la barbería,
y se sientan a mi lado
en el bar a mediodía.

Tentado estoy muchas veces
de pedirles su copita;
ya que siempre me acompañan
al menos que también sirva
a cada cual su cerveza
y al gusto una banderilla.

Algún secreto me cuentan
insistiendo en la porfía:
que el mundo se acabará
en un gran “bum” cualquier día,
o que en cada portal hay
infiltrado un policía.

Nunca se esconden de mí,
ni me observan a escondidas,
piden agua cuando hay sed,
si tienen hambre, comida.
No hablo de ellos con nadie,
no crean que me patina
el cerebro, como antaño
en el hospital decían.

Los escondo en mis bolsillos
y me susurran sus cuitas,
y aun con sus protestas, nombres
les doy aunque no lo pidan:
al más barrigón, Cholete,
a la gafosa, Lucía,
Vicente, con  gorro rojo
Laura, la de la mantilla.

Lo que no puedo contar
es que otros todavía
salen del suelo si duermen
estos que de mí se fían
y con enorme sigilo
sus pertenencias registran,
auscultan sus corazones,
diseñan sus pesadillas.



4. MARCOS Y ELENA
    -Cada día, dos blancos de Rueda. Los domingos, además, una ración de calamares como aperitivo.

“Si me sumerjo en tus ojos
veo un mar de azul belleza,
un océano infinito
donde el sol brilla y espeja.”

“En la límpida hondura
de los tuyos hay praderas
donde caminar descalza,
mil flores entre la hierba.”

Uniendo sus manos, Marcos
pegado a Elena se sienta,
un mundo húmedo surge
por el que ambos navegan.

Marcos declara su amor
con dulce voz de poeta;
si Elena sonríe, todo
el bar parece una fiesta.

Acaricia él su cara
con la palma bien abierta,
ella aparta de la frente
un mechón, jovial, coqueta.

Un dedo Elena desliza
a veces bajo la mesa
y entre risitas y bromas
juguetea con su pierna.

Aproximan ambas sillas
hasta encontrarse más cerca,
busca una boca la otra,
él en la de ella se enreda.

Entre sorbo y sorbo al vino
que piden siempre de Rueda
comparten aires y aliento
sin dejar quieta la lengua.

Y así ven pasar las horas
pidiendo que larga sea
la vida que juntos vivan
y que al mismo tiempo mueran.

Puntuales como un reloj
en cuanto da la una y media
con su bastón cada cual


al asilo van de vuelta.




5. MERCEDES.
  - Cada jueves, de cuatro a cinco, un café con leche muy caliente.

Doce años no son nada
¡pero pesan tanto a veces!

Una semana tras otra
acude por si aparece,
no desiste ni por frío,
dolor de cabeza o fiebre;
si se aproxima la hora
y la tarde es ya de jueves,
ante la barra, a las cuatro,
viene a sentarse Mercedes
y muy caliente me pide
una de café con leche.

Doce años poco son
¡pero duelen tanto a veces!

Sorpresa fue que Ricardo
-Ric le llamaba la gente-
acabase por casar
con alguien tan diferente;
un misterio es cómo ella
quiso aprender a quererle;
y que a él encadenase
su suerte más aun sorprende
dando a luz un niño que él
acunó sólo dos meses.

Doce años serán algo
¡porque hieren tanto a veces!

¡Ojalá le cambie, fue
su deseo más solemne,
este niño de ojos negros
y todavía sin dientes!
Pero él no pudo y nadie
logró apartar la peste
del polvo suicida, blanco,
que humedecía su frente,
horadaba su nariz,
dejaba en cero su mente.

Doce años son ya tantos
que puede olvidar a veces.

Entonces llega la culpa
y en su vida se entromete;
en qué pudo haber fallado
es la pregunta que duele
incluso aunque tres más
trajera al mundo su vientre,
y ni uno de los otros
abrevase en el pesebre
de los sueños que ilumina
polvo tan fatal y aleve.

Ausencia de doce años
permite vivir a veces.

Lo que no deja es pasar
desde el pasado al presente
sin oír la explicación
“que tú, mamá, te mereces”,
pues la cita que fijaron
para que Ricardo diese
las razones de su marcha
fue para “el próximo jueves,
y si este no puede ser
allí iré al siguiente”.

(Cuando el reloj da las cinco
le queda bien claro que este
tampoco va a ser el día
en que este silencio deje
de ser la explicación única
para huída tan urgente).



6. RODRIGO.
  -Cada tarde, hasta que el niño sale del colegio, tres,  cuatro, a veces cinco copas de vino.

Compartiendo espera y mesa
se hallan tres sudores fríos,
el de la negra que dio
a la distancia sentido,
el del infausto soldado
que maldice su destino
y, mirando fijamente
a ambos, el asesino.

Mientras la tarde oscurece
su cuarta copa de vino
Rodrigo ocupa su silla
y aguarda a que un chiquillo
de sólo ocho años, piel
negra y nada parecido
a él, salga del colegio
y llene el sitio vacio.

Fátima oraba a un Dios
pequeño en un paraíso
africano donde a golpes
se imponía el extremismo.
Hasta que llegaron ellos
con blancas letras escrito
en los cascos el emblema
de la ONU, había dormido
siempre por la selva, oculta
entre oscuridad y frío.

Hasta que llegaron ellos,
a la aldea sus cuchillos
llevaba todos los meses
para exigir ropa, mijo,
prendas, imberbes soldados,
sexo brutal, sacrificios,
tributos que reclamaba
el Señor de los delirios.

Los azules con sus balas,
uniformes, raros himnos,
en puño de hierro envuelta
trajeron la paz consigo.
Fátima cambió su miedo
por calor de lecho limpio,
el de aquel soldado blanco
que prodigaba sus mimos
en interminables noches
de mil besos infinitos.

Dos días sólo en un año
se ausentó de aquel su nido
el soldado; la segunda
volvió ese malnacido
elevando sus plegarias
de machetes, furia y gritos.
La venganza se cobró
en los cuellos de los niños,
en el sexo de las madres,
en los altares prohibidos.

Lo abatió su fusil, aunque
eso dé casi lo mismo.
La banda fue reducida
y el líder muerto y caído,
sin embargo su venganza
dejó la sangre en el grijo
de cien cuerpos mutilados,
de cien muertes sin sentido.

El soldado del amor
vivido sólo ha podido
conservar la tez mulata
del que ahora llama hijo.
(Cuando lo mira a los ojos
reconoce fiel el brillo
que de noche iluminaba
aquel lecho bendecido).


7. SAGRARIO

-Cada tarde, un café con leche muy caliente. Azúcar moreno. Su cuaderno es de hoja cuadriculada-

Ella, que una vez compuso
un caligrama perfecto,
que siempre clavó las décimas
en consonancias y metro,
que sin esfuerzo ha trabado
mil epigramas burlescos,
ha visto pasar la tarde
encallada en su cuaderno,
anclada en la misma línea
donde se resiste tenso
un final que no consiente
cualquier manido “te quiero”.

Alguna vez acontece
que pega un frenazo en seco,
que las musas la conducen
recta a un punto mudo y quieto
donde nacen las palabras
para ser jardín ubérrimo
y acaban delineando
un gran secarral sediento.

Entonces se queda ahí
con los cerrojos abiertos
del baúl donde en su mente
almacena bien envueltos
mil trucos para domar
pareados y cuartetos,
mientras una voz estricta
dice que serán perfectos
los adjetivos, la rima
y el tiempo de cada verbo,
que sí tendrá cada sílaba
su más adecuado acento,
que habrá medido bien todo
en un poema certero,
con la rima consonante
y rebosante de aciertos,
pero que o bien halla en breve
voz que rime con sombrero
o en mil vidas que viviera
dará fin a ese soneto.

(Mientras retorna a su casa
adormilada en el metro,
estación tras estación
va preguntando en silencio
qué maldición le han echado
y qué diablos de qué infierno
dictaron la orden de que ella
volcara su vida en versos.)


8. RAMÓN.
- Hasta que anochece, 6 copas de whisky con soda-.

Si no enturbiase el dolor
el fondo de cada copa,
si amargo no se volviera
el fuego de oro en su boca,
si lograse abrir los ojos
y no apareciese Gloria
en cada cruce de calles
caminando viva, hermosa,
tal vez sería posible
mirarse a sí mismo a solas
y olvidar que cada tarde
que pasa sin ella una ola
de dolor lo invade todo,
todo lo llena su aroma.

Mas no puede. Solamente
el santo whisky con soda
es capaz de detener
el andar de su memoria,
su recuerdo disipar,
convertirlo en fugaz sombra,
hacer que su falta sea
eco de una chanza sórdida,
transformar su viudedad
en desagradable broma
y en pesadilla nocturna
la cruel falta de su esposa.

De seis a once y a diario
viene Ramón. Bebe a solas
en el final de la barra
del Desapego. Ahí toma
la decisión cotidiana
de olvidar de alguna forma
a quien fue durante años
causa y motor de sus horas.

Y siempre, al sonar las doce,
navegando sus seis copas
en el barco de su cama,
como tantas veces, llora
lágrimas de alcohol llenas,
de esperanza y rabia rotas.



9. CLARA
En fines de semana alternos, gintonic de Gordon’s en vaso de tubo.

Bella y sugerente como
princesa de mercadillo,
sostén con doble relleno,
sonrisa de carmín tibio,
se aposenta en la terraza
del bar cada dos domingos
Clara Cifuentes Somedo
con un sensual modelito,
bolso de firma trucada
y un ajustado vestido,
apresta de maquillaje,
lista para lucir tipo,
pues todavía recuerda
bajo tres capas de fino
alisado en cara y labios
a quien fue en otro sitio,
otro tiempo y de la cuenta
restando ya cuatro hijos,
la zagala más hermosa
de un pueblecito perdido.

Es cierto que vivir duele
a veces como un martirio,
que limpiar casas se antoja
pago tal vez excesivo
por mostrarse sin engaño,
por amar sin artificio,
mas si acaba la semana
y a él le tocan los niños
la madre deja que aflore
esa deidad del Olimpo.

Es sólo un fin de semana
de cada dos, pero el frío
abandona al fin su cuerpo,
siente un ardor infinito
cuando aparece Ricardo
por ese bar concurrido
y busca con la mirada
a su vestal de trapillo.

Mientras espera repasa
ofensas con el destino,
la del novio que faltó
al altar del municipio,
la del otro que aceptara
sustituir al malparido,
fundar un hogar con ella
en ese gris paraíso
de antenas en los tejados
de todos los edificios,
quien la tomó cada sábado
pues había prometido
ser esposo fiel en dichas
y tristezas, ese mismo
con el que compartió sólo
el momento decisivo
en que ambos confesaron
sin dudar ni lo más mínimo
que lo de casarse fue
un error desde el principio.

La lista llega al tercero
si por ella asoma Tino,
hijo mayor del alcalde
rural, por tanto su primo,
quien durante cinco años,
no exagero, fueron cinco,
cogió el bus de los lunes
para tomarla con mimo,
como se ha de tomar, claro,
la rosa de un jardín vivo,
mientras los niños estaban
en clase y Juan, su marido,
doblaba chapas de acero,
pues calderero es de oficio.

Una curva de herradura,
un charco de fuel maldito,
la niebla ciega de un chófer
embriagado por el vino
hicieron que aquella muerte
fuera el final no previsto
de lo que entonces hacía
soportable el burdo rito
de aguantar el día a día
de un matrimonio extinto,
de mil pasiones de sábado
de sexo sin amor, frío.

También halló Dios su tumba
en el mismo precipicio,
y con ambos se llevaron
sus rezos y el paraíso,
pues nada habrá en el Cielo
que compense el sacrificio
de pasar un día más
con aquel desconocido
a quien nada ya le unía,
ni los papeles, los hijos,
la hipoteca o tantas fotos
sonriendo en cuatro bautizos.

Doblar la edad de su amante
hay quien lo atribuye al vicio,
pero en fines de semana
alternos, cuando los críos
duermen en casa del padre,
Clara espera, casi en vilo,
en el Desapego al hombre
con chupa de cuero fino,
moto negra con alforjas
y motor de dos cilindros
que consigue que se sienta
princesa del infinito,
reina de toda la tierra,

viva hasta el desatino.




10. LA PARTIDA DE MUS.
Se sientan de una botella de tres cuartos de licor de hierbas, con el tapete verde en medio de los cuatro. Ahí puedes encontrarlos cada viernes, en una mesa al fondo del bar El Desapego.

SIN DESCARTE
Sí, ya en la primera mano
entran dos ases y un siete
que con la sota le llevan
a encomendarse a la suerte,
Raúl les niega el descarte
y a hablar les pide que empiecen.
Mal pinta, pues José Félix
posee un as solamente,
mientras que, de sus rivales,
duples de ases y reyes
tiene uno y le han salido
treinta más una a Vicente.

LA GRANDE
A mayor envida aunque
nada lleva y le concede
a Raúl todo el derecho
a subir tres con dos reyes.
Rechaza Félix la puja
y la grande ya se pierde
para los mismos que en marzo
ganaron sobre un tapete
como el que ahora en la mesa
delante de ambos tienen
el premio de la provincia
y que al fin de dos mil trece
conquistaron una copa
de oro con placa al frente
que asegura que son ellos
la pareja contendiente
que a las restantes venció
-y no fue sólo por suerte-
en torneo nacional
celebrado en Albacete.

LA CHICA
Teniendo Carlos dos ases
como los que en manos tiene
a envidar a la pequeña
al abrir lance resuelve,
otra cosa es que la torna
se retrasa sin deleite
porque Raúl en sus pares
dos unos también posee,
si bien a subir la apuesta
es algo que no se atreve.
Si en el juego de las cartas
da ventaja conocerse,
dos cosas sabe Roberto
acerca de su oponente:
que sus hijos no son suyos
aunque su apellido lleven
y que si corta de saque
o treinta y una sostiene
o tres figuras iguales
entre los dedos le hierven.
(O puede que un farol sea,
mas los faroles que mete
Raúl ni él los descubre
ni hay nadie que los pesque.)
Así que al final sabremos
si el envido suficiente
premio fue para dos ases
en compañía de un siete.

LOS PARES
Al abrir ronda de pares
todos afirman que tienen,
así que con dos de a uno
Roberto pasa y asiente
al envite que en su ronda
Félix a todos ofrece;
no dan para más sus cartas.
Órdago lanza Vicente
y después ambos se achican
y a la vez el gesto tuercen;
(una pequeña maldad
al magín del rival viene:
puede que Raúl dos tantos
en este lance se lleve,
pero en la lid de la vida
es Roberto quien a Irene,
la madre de los dos hijos
que ambos comparten, nueve
años hace que en el lecho
del contrario la estremece.)

EL JUEGO
Pues ellos no alcanzan treinta
la partida se detiene,
se muestra lo que se lleva
para que todos recuenten
y lo peor del asunto
es que a ellos sólo acrece
en la cuenta del final
la pegada aún pendiente
pues Raúl suma sus duples
a las medias de Vicente.
De juego treinta y la una
incluso más le enriquecen.

Las cartas se barajean
y a ser repartidas vuelven,
la mano la lleva ahora
Raúl y todos advierten
que está pidiendo en la barra
otra ronda de aguardiente
que pagará la pareja
que menos puntos se lleve.

Cada cual torna a su casa
al anochecer del viernes,
Félix a cenar temprano
y después a ver la tele,
Vicente a pasear la perra
cuando la luna aparece
y Raúl a cantar nanas
a su hijo más reciente,
ese mismo cuyo padre,
a mentirse no se atreve,
es el que cada semana
a cartas con él contiende,
cada uno sito a un lado
de cierto tapete verde.
Consentirlo es, pues, el precio
que él paga indiferente
por su elección de ser padre
le cueste lo que le cueste,
que si consiente el engaño
es porque estéril fue siempre.


11. ADOLFO. (El anochecer de un cacique urbano)
Un café con leche cuando viene solo de lunes a viernes. Los sábados, además, consorte y magdalenas.

Aunque ya no se presente
en elecciones locales,
a pesar de que diez años
lleve sin ser nuestro alcalde,
que en estos días no quede
interesado que llame
solicitando un empleo
a cambio de algún detalle,
la recalificación
de un solar no urbanizable
firmada de tapadillo,
con el sello que la salve
de las normas urbanísticas
de las leyes nacionales
(todo a cambio, por supuesto,
de un soborno razonable),
Adolfo sigue mostrándose
pisando por nuestras calles,
hoy ya bastante viejuno,
tal vez un poco mochales,
con trasnochado bigote
pero, eso sí, con traje
hecho a medida con diestras
tijeras del mejor sastre.

A diario con su cachava
en mano esquiva los baches
de las aceras que otrora
fueron su reino insondable
y al Desapego se viene
al comenzar cada tarde
y pide un café con leche,
salvo cuando con él sale
María; entonces dos tazas
solicita que le saquen
y dos magdalenas pide
que a las tazas acompañen.
María al lado se sienta,
es muy raro que ella hable;
o ya se hizo al silencio
de ser siempre la adorable
mujer del primer edil
o es que nunca hubo nadie
que su opinión sobre esto
o aquello le preguntase
(sólo cierta vez un cura
le preguntó si iba a darle
un sí quiero a aquel hombre,
el mejor que por delante
le puso la vida, el mismo
que pagó piso y garaje,
los estudios de la niña,
sus diez prótesis dentales
y los mil médicos desde
que se mostró incurable
el mal que volvió su vida,
la de María, un paisaje
por el que vagar descalza
sobre cuchillos cortantes,
pues tanto dolor sumaba
en horas interminables
que si la muerte el final
del dolor significase,
por mucho que sus dos nietas
consiguieran alegrarle
a vivir renunciaría
sin dudarlo ni un instante).

Hace ya treinta y tres años
que con su esposa no yace,
ni María lo requiere
ni inquirió jamás por Carmen,
la mujer que la suplió
en el lecho como amante,
la que con él compartiera
caricias estimulantes,
esa que nunca pidió
que a María abandonase
y quien a su lado estuvo
hasta que el maldito cáncer
se la llevó al parnaso
donde millones de madres
de prole sin apellidos
que un varón les otorgase
descansan ya para siempre
tras recorrer sin quejarse
vidas repletas de amor
por hombres como el alcalde,
quien aceptando mordidas
pagó hoteles y viajes,
un piso en la periferia
y la carrera de Mamen,
un hogar para los tres,
esto no lo olvide nadie,
donde vivieron felices
y él actuó como buen padre.

Y sí, María lo supo
entonces como hoy lo sabe,
¿mas qué queja elevará
si aquella otra pudo darle
lo que ella nunca podía?
Él, además, ni un detalle
olvidó al atender
sus deberes parentales.

Que cada persona vive
como puede, que adelante
la primavera el reloj
o el otoño lo retrase,
el destino nos inventa
biografías ejemplares,
porque todas son ejemplos

y son todas mejorables.


(UNA CANCIÓN DE DESAPEGO)
12. EPÍLOGO.
- Rosa, detrás de la barra.

I
No me importa si me toca
la estrella que brille menos,
siempre que un sol insensible
trace mi sombra en el suelo
(si mi reflejo es anónimo
créanme que lo prefiero).

Ya sé que fui la culpable
de dejar mi firmamento
sin un rastro de planetas,
de cometas y luceros,
pero al cumplir los cuarenta
pesa tantísimo el tedio,
es todo tan aburrido
que añoras cualquier aliento,
cualquier soplo que despeje
ese letargo tan denso.

Amar parecía entonces
algo propio de otro tiempo,
cuando no tenía bar
que ocupaba el día entero,
hipoteca que atender
ni crianza de dos gemelos.

Mi marido siempre estaba
frente al televisor, quieto,
viendo un partido de fútbol,
de tenis o baloncesto;
por las mañanas miraba
las noticias bien atento,
yo limpiaba la cocina,
vestía a los niños luego,
y al terminar con la casa
las dos persianas de nuestro
bar abría. En ese instante
la vida frenaba en seco.

Al dar las cuatro me hacía
mi esposo el diario relevo
y llevaba la merienda
a los niños al colegio;
tras dos horas en el parque
con su balón, sus muñecos,
hastiada de tanta charla
con esas madres modelo
que igual comparten recetas
que chismes y cuchicheos,
al ocaso regresaba
al hogar con un gemelo
a cada costado, mientras
quedaba en el bar su dueño.

Cuando sonaban las doce
un colchón frío en su seno
me acogía, la cabeza
hueca de ningún anhelo,
vueltas plomo ambas piernas,
derrotados pies y cuerpo.

Como un duende fatigado,
a las dos, siempre en silencio,
entraba en el dormitorio
el marido camarero,
las sábanas levantaba
por una esquina del lecho,
se acostaba sin rozarme,
exhausto, cansado, presto
a dejarse transportar
por el mundo de los sueños.

Así un día tras otro,
y siempre el mismo argumento,
mi vida durante años
fue un gran charco de cieno,
una alberca en que los sapos
sesteaban en invierno,
dormían en primavera
y roncaban por San Pedro,
aburridos de que nunca
ocurriera ni un suceso.


II

Cumplí los cuarenta años
el quinto día de enero
de ese año en que el siglo
llegaba al tercer quinquenio,
y como mi esposo quiso
compartir con sus polluelos
la Cabalgata (pues tiene
espíritu navideño),
me hallé sola trabajando
de tarde en El Desapego.

Por los cristales del bar
veía pasar al negro
Baltasar en su carroza,
vestido de reyezuelo,
lentejuelas en mantón,
dorado trono de yeso,
agitando la derecha
con monarcal aspaviento,
en tanto que con la izquierda
disparaba caramelos,
golosinas por las cuales
pugnaban yayas y nietos,
luchaban a vida o muerte
escolares con abuelos.




Para esconderse en mi bar
del barullo callejero
entró la tarde de Reyes
Marcos López, guapo y serio,
pidió vino y me miró
a los ojos descubriendo
en mis castañas pupilas
inaudito firmamento
(juró que aquel marrón mío
podría pintar el cielo
sin que azul necesitase
el pintor en sus pigmentos).

Me calentó el oído
con arrullos y requiebros,
con tan ardientes halagos
que despertó mi deseo;
las ansias que parecían
muertas en un mausoleo
de pronto resucitaron
alabando al dios del sexo.

Pasadas otras dos tardes
de piropos y tonteos,
de roces ocasionales,
miradas y besuqueos,
me atreví a confesarle
que algo ardía en mi pecho,
¡que quemaba en su interior
un incendio gigantesco!

Sí, fui yo quien eligió
el pequeño hotel del centro
en que ambos consumamos
nuestro primer escarceo,
fui yo quien le desnudé,
quien acarició primero,
quien mordisqueó su oreja,
quien se entretuvo en el cuello,
quien con uñas anhelantes
aró surcos en su cuerpo.

Durante las diez semanas
que restaban del invierno
aquella habitación fue
testigo de cada encuentro,
de aquellos que fueron sólo
delirio voraz de sexo
y de los que contarán
lo dulces que son sus besos.

Tras años fingiendo ser
otra mujer sin deseos,
trabajadora esforzada,
esposa de camarero,
madre de mediana edad
vistiendo siempre vaqueros,
con Marcos me descubrí
mi propia hoguera encendiendo,
echando más y más leña
para alimentar el fuego,
¡ambicionando la muerte
de los que gozan sin freno!

¡Más procaz y libertina
que una cortesana en celo!

¡Deseando vivir siempre
en aquel presente eterno!

¡Sintiendo que los relojes
se paraban para vernos!

¡Amándonos sin descanso!
¡Devorándonos! ¡Viviendo!



III

Jueves. En marzo. Los niños
llevaban horas durmiendo.
Sentada frente a la puerta
esperaba su regreso.
En mi única maleta
puse mudas y recuerdos.

Lo solté a bocajarro,
sin venda, sin linimento,
como decimos las cosas
que nos corroen por dentro:
“Hubo un tiempo en que te quise
pero ya nada te quiero”.

Mis llaves le devolví
prendidas en su llavero,
mi anillo de matrimonio
y aquel añoso cuaderno
en que siendo él tan joven
me componía sonetos,
redondillas y romances
de un amor veinteañero.

Me fui sin mirar atrás,
falta de remordimientos,
sabiendo que apostar fuerte
por cualquier futuro incierto
atrae oportunidades
y siembra el viaje de riesgos,
mas sabía que mi apuesta
sería todo un acierto
pues en la vida hay veces
en que ven sólo los ciegos,
¡que al amor lo atrapas cuando
lanzas órdagos al cielo!



IV

Vivimos una semana
de apoteosis de cuerpos,
ensamblados nuestros labios,
su sexo en mi sexo preso,
siete días rebosantes
de sudores y jadeos,
siete noches infinitas
en que no existió el tiempo.


V

A los tres meses firmamos
un divorcio con acuerdo:
Marcelo y yo seguíamos
juntos en El Desapego,
con custodia compartida
y cada cual con su sueldo,
entrega de niños los viernes,
calendario por consenso
y el primer turno diario
quien tuviera a los gemelos.


VI

Marcelo fue siempre un hombre
cabal, cortés, fiel y honesto,
vivía y vivir dejaba
sin desquiciar desafectos.
Nunca reprochó mi marcha
ni de volver hizo intento,
y aunque me llame “cari”
cuando nos damos relevo,
aunque cada mediodía
yo poso en su cara un beso
siento que ya no me ama,
que no le quedan ya versos
que no canten nuestro amor
sin sonar a cementerio.





VII

¡Es tan fugaz la pasión!

¡Es tan huidizo el deseo!
¡Es la alegría tan corta!

¡Tan pronto acaba lo bueno!

El amor debió morirse
ahogado en el pañuelo
con el que Marcos limpiaba
la nariz a los pequeños
pues hace ya ocho meses
que se despidió diciendo
eso que decimos cuando
sólo queda desafecto:
que me había amado mucho,
que fui todo su alimento
durante los veinte meses
en que compartimos lecho,
pero que ya no aguantaba
los llantos de los gemelos,
sus infantiles peleas,
su necesidad de obsequio,
(que en cuanto ellos llegaban
yo sólo pensaba en ellos).

No negaré lo que dice,
percibo que es sincero:
él siempre vio a los niños
como fuente de desvelos,
siempre los sentirá como
camada de lobo ajeno.

Qué podía hacer yo, díganme.
Mis hijos son lo primero,
aquel que viva conmigo
habrá de compartir techo
con una loba en la cama
y, sí, con sus dos lobeznos.

Tuvo lugar esa noche
mi primer acto de duelo:
le di un último abrazo,
dije un “te amo” postrero,
le acompañé hasta el coche
y en su propio maletero
metí mi corazón roto,
tres maletas y el anhelo
de que vuelva a ser feliz,
que se enamore de nuevo.

Pasé horas y más horas
llorando mi desaliento,
arrastrando las cadenas
de mi pena por el suelo.

Que no hay amor que dure
lo que los dioses eternos
prefiero que él se vaya
a que siga sin quererlo.

Mi amor es como una joya
que a quien yo amo la entrego;
aunque se me abran las carnes
amor distinto no quiero.

¡Quien no quiera querer tanto
Que muera en otro siniestro!


VIII

Yo no sé quién puso al bar
como nombre “El Desapego”;
el día en que lo compramos
eso decía el letrero.

¿Tal vez fuera un visionario
el padre de tal acierto?

¿Supo ver en mi futuro
que tan vil medicamento
sería el único antídoto
eficaz contra el veneno
que emponzoña cada día
toda mi sangre por dentro?

Confieso que en el amor
hoy ya ni un segundo pienso,
que del querer nunca hablo,
que a propósito me alejo
de canciones que lo canten
-cumbias, baladas, boleros, …-
pues lloré lo que no pueden
contar un millón de versos
y ya no quiero saber
de “teamos” o “tequieros”.

Me repito cada minuto
que de nada me arrepiento,
es el mantra que me acuna
de noche cuando me acuesto,
la oración que me adormece,
mi son, mi canto, mi rezo.

Repito, sí, que mi herida
se cerrará con el tiempo,
que no lloraré ya más,
que al pie de la letra pienso
secundar lo que el cartel
profiere a los cuatro vientos:
¡que cualquier dolor se cura

con un tenaz desapego!


Luis García Centoira.
Getxo, Bizkaia, 2014

 Okondo, 2017

3 comentarios:

  1. Verdaderamente ingenioso! Me ha gustado muchísimo. Todas las historias (romances) las he leído de un tirón y me ha entrado el gusanillo de la envidia sana, claro :) Tengo que probar este tipo de estrofa, veo que da para mucho.
    Vuelvo a repetir que me han encantado y las comparto para que los demás las puedan disfrutar. Me gusta como has tratado temas que son tan comunes en la sociedad española actual.
    un abrazo.

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  2. Gracias, Lumy. Me encanta que te guste. Esos personajes son personas de la vida, de las que tú o yo conocemos y vemos a diario.
    Todo el mundo tiene una historia que contar. Y algunas aquí se cuentan.
    Besos, compañera.

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  3. que maravilla
    algo diferente
    con vida y creíble
    iré a pocos
    mejor sorbo a sorbo


    besos

    ResponderEliminar

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