LA PLENITUD (III)

Imagen: Alberto Mielgo

Hay un momento, al final del amor, cuando las sábanas ya no pueden estar más húmedas, cuando ya se han empapado los rincones más ocultos de cada organismo, en que los párpados se abren para no ver nada aunque los ojos estén mirando, en que la boca se abre para no decir nada aunque los labios estén hablando, en que el único gesto de la mano que tiene algún sentido es el de acariciar aunque sea al aire.

Es una especie de éxtasis en el que no ha intervenido Dios ni promesa de cielo ninguna, al cual hemos ingresado al margen de nuestras buenas obras o de las promesas que en algún momento hayamos incumplido. En él no intervienen ni el pecado ni el karma.

No es recompensa, pero sabe a premio.

A ese momento, al final del amor, justo cuando la pasión se ha saciado, llegan por igual las buenas samaritanas de los centros caritativos y los aprendices de mafiosos, los carniceros de barrio que recortan chuletas de bovino y los carniceros a sueldo que horadan corazones humanos.

No siempre es esa la estación donde se bajan los pasajeros del tren del deseo. A veces uno de ellos se apea antes de alcanzar el andén o, creyendo que el tranvía continuaría adelante con su viaje, uno de ambos ni siquiera encuentra apeadero en el que culminar, satisfecho, el trayecto emprendido.

Imagen: Alberto Mielgo
En las máquinas expendedoras de billetes de las estaciones de las cuales arranca el ferrocarril del gozo carnal uno paga el importe del trayecto sin poder elegir el destino ansiado. Somos viajeros extraños, los amantes, que siempre nos la jugamos a cara o cruz, pues podemos llegar a tierras de infinita mansedumbre o de desatino sensual. Incluso, a veces, esa moneda que lanzamos al aire, cae de canto, y entonces no sabemos si hemos llegado a algún destino o si todavía sigue nuestro convoy circulando sobre las vías.

Pero a veces hay suerte, a veces el tren nos lleva a los viajeros que compartimos un mismo tranvía hasta esa estación deseada donde ambos nos bajamos a la vez, exhaustos y agradecidos, mirando sin ver, hablando sin sonido, con el corazón intentando recobrar su ritmo normal y la respiración recuperando la calma.

Y los días en que eso sucede, para qué negarlo, redescubrimos que vivimos en un sistema solar iluminado por tres soles: el que quema, tú… y yo.

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1 comentario:

  1. Luis ...muy interesantes los temas que publicas.
    Gracias por compartirlo

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