LA PLENITUD (II)

Esther Barend

La PLENITUD, así, con mayúsculas, es un estado de la vida que implica a cada músculo de nuestro cuerpo, a cada pensamiento, a cada minuto del tiempo que en ella transcurrimos. No necesita ni siquiera de definición: cada vez que estamos en ella, en la Plenitud, sabemos, sentimos que en ella estamos.

La plenitud, por tanto, no es una esencia, algo que está ahí desde que nacemos o que se queda con nosotros una vez que la conseguimos, como si fuera un premio por llegar el primero a la meta, o por haber seguido las consignas de un político o un líder sindical, o por haber cumplido las reglas de conducta de esta orden religiosa o de aquel gurú. Es, ya lo he dicho, un estado, o sea, algo pasajero. Como viene, se va.

Es una conquista, claro que sí. Pues nadie nos la regala. Es el objetivo al que dirigimos nuestro camino, pero nuestro camino sigue incluso cuando llegamos a la meta de la plenitud, pues ésta se puede desvanecer por nuestra culpa o por la influencia o los actos de otras personas.

Tal como yo la concibo la plenitud viene a ser un cielo en la tierra, el paraíso de quienes no creemos en la vida de ultratumba. El nirvana que nos es dado alcanzar en esta vida finita que vivimos, en este tiempo que, queramos o no, tiene fecha de caducidad. Como la plenitud misma. Vida finita; finita plenitud.

Esther Barend

A veces yo me he sentido pleno durante, al menos, una jornada completa. Son días perfectos, en los que todo lo que sucede es maravilloso, en que no hay nada que no se merezca ser disfrutado, en los que cualquier palabra oída suena a música, cualquier claridad parece luz, cualquier aliento lo es de placer.

Y esos días han ocupado semanas en ocasiones. Y a veces he sido yo el responsable de su final. Y a veces sólo he podido ver cómo esa plenitud se iba por deseo de un tercero sin poder hacer nada para que ese estado no hiciera efectiva su naturaleza fundamentalmente temporal.


Ahora bien, uno no llega a la Plenitud si no ejerce determinadas capacidades, si no desarrolla ciertas destrezas, si no enfrenta la vida actualizando en sí mismo ciertas actitudes, esas a las que me atrevo a llamar virtudes capitales, que poco o nada tienen que ver con las teologales, pues ni son aquellas ni se oponen a los que otrora denominaron pecados capitales.

Estoy hablando de esas virtudes que yo concibo como los ladrillos que sostienen el edificio de la plenitud, virtudes laicas como la curiosidad, el entusiasmo, el bien amar, la tolerancia, los buenos modales, la búsqueda y la aceptación del placer, la equidad o el descanso.

Sé que en su conjunto no ofrecen una senda hacia el paraíso, que ninguna de ellas habla de privación o sacrificio, que ningún sacerdote del mundo las acogerá como camino para el perdón de los pecados, pero... ¡qué más da! Esas sendas teológicas conducen a la felicidad en un tiempo inauditamente lejano. Yo no sé cómo acortar el periplo para ver el dulce rostro del Altísimo, así que mis recetas, si es que alguna puedo dar, serán, solamente, para procurar un poco de bienestar en esta vida.

¿Acaso no es eso ya bastante? A mí, al menos, hay ocasiones en que me funcionan.

Esther Barend
Las imágenes que ilustran este post son obra de Esther Barend. Podéis ver más haciendo clic en 

3 comentarios:

  1. Para sentirse en plenitud, primero hay que estar bien con uno mismo, conocerse, aceptarse, lograr un estado de ánimo sereno... algo que he podido mantener brevemente, cuando la voz de ciertos mandatos calla y me conecto conmigo y con el mundo desde otro lado (te felicito por tus semanas).
    Siempre -en mi opinión- cuando se esfuma ese estado es por culpa nuestra, porque si estamos bien centrados y en armonía, las gilipolleces circundantes nos resbalan.
    Un abrazo, Luis.

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  2. Mire, ojalá esos encuentros contigo, esos momentos de aceptación sean habituales. Se callen esos mandatos. Se refuercen los hilos que te unen contigo misma.
    Y a las gilipolleces esas del entorno, que les salgan granos... purulentos.
    Un besazo, guapa.

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  3. Me encanta tu perspectiva de la plenitud, como te llegas a sentir, como lo has explicado tan maravillosamente bien.

    La plenitud para mi nada tiene que ver con el entorno somos nosotros desde nuestro mundo interior quien debe sentirse en paz, satisfecho desde la realización personal, aunque bien es cierto que cuando no conseguimos nuestros objetivos, nos desmoronamos, pero es una vuelta a empezar, hay que seguir caminando .

    Un placer haber reflexionado contigo, y mil gracias por tu precioso comentario en mi blog , nos seguimos leyendo.

    Besos y feliz día

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