RITUALES ATEOS

Volverse ateo es una decisión complicada. Significa quedarte sin ceremonias. O verlas disminuir tanto en número que no alcanzan a cubrir los momentos más importantes de tu vida.

Siempre se ha dicho que la religión se concibió para explicar la relación del hombre con aquella parte de la naturaleza que no comprendía: el enfado del dios del rayo explicaba por qué la tormenta atronaba, el capricho de la diosa del mar daba una razón a los maremotos, los incendios se explicaban por la llamarada cruel y despiadada de cualquier dios del fuego. ¿Y la enfermedad? La enfermedad es lo que sucede cuando la naturaleza se revuelve contra nosotros, cuando nos da su gran sopapo, nos pone de rodillas y nos da eso que tanto nos desarma…. el dolor. ¿Cómo no vamos a suponer, entonces, que ha sido un dios que nos ha enviado una plaga, o que es un espíritu tan inmortal como maligno que nos contamina con su ponzoña de ultratumba?

Otra de las razones por las cuales se inventó la religión es porque servía para dar esperanza frente a la muerte. El problema de ser consciente de la propia existencia, de saber que eres y que existes, que es lo que tiene el ser humano, es que a la vez que sabes que estás vivo descubres que eso no será para siempre. Tener conciencia de la vida es tenerla de la muerte. Y eso nos arrasa. La muerte no es que nos asuste, como la enfermedad, es que nos aterroriza. Y para eso está dios, para decirnos: tranquilos, vivid como yo os mando y, al acabar vuestro paso por este mundo, en el otro os estaré esperando yo, con la barbacoa a punto, dispuesto a daros una fiesta de bienvenida al paraíso que jamás olvidaréis.

La enfermedad y la muerte. O mejor dicho: el miedo a la enfermedad y a la muerte son las razones por las que creamos a dios, a los dioses, o a los númenes que sustituyan a unos o a todos ellos.

La religión, en cambio, surge de los ritos. De los de adoración, sí, pues los rezos forman parte de ella, al igual que cuantas experiencias de tipo extrasensorial a las que se convenga dar razón de ser divina.

Pero hay una parte de los ritos que tiene que ver con la vida en sociedad. Nacer, crecer, casarse, tener hijos, morir. Para los católicos: bautizos,  bodas, entierros.

Hasta quienes no somos creyentes acabamos acudiendo a esos tres actos como señal de respeto hacia quienes los celebran. Y quienes lo celebran algunas veces ni siquiera dan a esos eventos un especial significado religioso. En eso creen los sacerdotes y algunos, muchos fieles. Pero muchos otros lo que nos están diciendo es: he tenido un hijo, ven a disfrutar conmigo del momento en que comunicamos a nuestro pueblo su nombre; o: voy a unir mi vida con este hombre y quiero que todos os enteréis que, con independencia de los hombres con los que luego le vaya a ser infiel, a día de hoy quiero comunicaros que mi fidelidad es un grito que me quema en la garganta; o, en su caso: ha fallecido mi hermano y necesito que juntos le lloremos, le recordemos, le demos sepultura, le acompañemos en un viaje último, seamos capaces de borrarle de la nómina de los vivos.

Para todo eso hacen falta ritos. Una imposición de nombre sin ceremonia es como un hijo que no ingresa en la comunidad; una fidelidad sin comunidad ante la cual exhibirla es un compromiso no perfeccionado; una muerte no dolida, gritada y compartida por quienes conocieron al difunto es como dejar al alma vagando sin destino por toda la eternidad.

La razón puede explicar por qué dios no cabe en el universo. La ciencia puede afirmar que jamás ha encontrado una sola molécula cuya explicación no pueda ser explicada sin recurrir a argumento de divina creación. Pero ni razón ni ciencia nos dan ritos que nos anclen a la comunidad en la que vivimos.

Por eso dios va a vivir siempre, porque hasta que sus ceremonias no pasen a ser parte de la cultura no creyente los no creyentes van a continuar acudiendo a los únicos prestatarios de dicho servicio: los sacerdotes.

Estoy profundamente convencido: a una religión basada en dios sólo puede sustituirle una religión no basada en dios. Pero ritos ha de haber. No hay sociedad que se sostenga sin una ceremonia para celebrar la vida, publicar los compromisos o acompañar a la muerte.

Algo de eso ya se hace con las ceremonias de matrimonio civil. Son un tanto tristes, pero esos cinco minutos en que el juez o el alcalde de turno nos leen el código civil mientras estamos vestidos de gala, al menos para algo sirven. Al salir de allí nos da la sensación de que hemos hecho algo que justifica el que ahora  nosotros, y nuestros doscientos invitados, podamos ir a darnos una opípara comilona en el restaurante de turno.

Pero, ¿un nacimiento se puede solventar sólo con que anoten el nombre del niño en el registro correspondiente?, ¿una muerte se puede cerrar sólo con juntarnos en un crematorio mientras se incinera a la madre fallecida? Creo que coincidiréis conmigo en que ambos acontecimientos precisan de algo más.

O sea, que si no queremos recurrir a sacerdotes de dioses en los que no creemos, ya podemos empezar a concebir una religión laica, civil, aconfesional, o como queramos llamarla, pero que posea todas las ceremonias que necesitamos.

Y si nos ponemos a ello, ya que estamos, no creemos sólo ceremonias para imposición del nombre, bodas y defunciones. Aprovechemos el tirón y creemos ritos de paso de nuevo cuño, por ejemplo como estos:

  • La apoteosis de la movilidad: ahí celebraremos la obtención del carnet de conducir. Puede servir como excusa para recabar  fondos con los cuales acceder a nuestro primer utilitario.
  • Cada divorcio: igual que celebramos con bodas el compromiso, ¿por qué no hacer lo mismo con el “des-compromiso”?
  • Cada decenio, sobre todo a partir de los cuarenta. Son momentos que marcan profundos cambios de perspectiva en nuestra forma de ver el mundo.

Vamos, que bromas aparte, si queremos, y podemos no querer, por supuesto, que los sacerdotes dejen de regir nuestra existencia vamos a tener que inventarnos nuevos maestros de ceremonias… que sepan hacer eso, precisamente, oficiar ceremonias.

Pensadlo: sacerdotes laicos, sacerdotisas policonfesionales... ¡No me diréis que no es una idea atractiva!

1 comentario:

  1. Me pareció una entrada reflexiva y repleta de muchas verdades acerca de la hipocresía del ser humano respecto a la religión y sus rituales.
    Desde mi experiencia personal como creyente, lo que menos me gustaron nunca fueron los rituales de cara al exterior.
    Me asombra ver cómo familias que apenas llegan a fin de mes, celebran la Primera Comunión de sus niños invitando a toda la familia que a su vez se ve obligada a tener que hacer un buen regalo.
    A mí lo que me enriquecía era una relación intimista y de diálogo con alguien que creía se llamaba Dios y especialmente Jesús, siempre me ha parecido más cercano, menos omnipotente, no?

    Si de verdad existe ese Dios bondadoso y justo, no creo que le guste demasiado que después de una celebración religiosa,se celebré una comida opípara a tuti pleno con tantas personas pasando hambre en el mundo.

    Recuerdo ahora el libro titulado " Azteca" de Gary Jennings donde relata los sacrificios que éstos hacían a sus Dioses, auténticas barbaridades desde el punto de vista de los primeros colonizadores que llegaron allí.
    ¡Cómo si los españoles con la Santa Inquisición no hubiéramos cometido auténticas barbaridades ya entonces...

    De lo que no me cabe duda es de que ante la enfermedad o cualquier problema grave que se nos presenta es inevitable que surja ese sentimiento de necesidad por creer en algo superior. De hecho creo que en todos nosotros aparece inevitablemente.

    Es una pena lo poco que hemos avanzado y trabajado el ser humano el sentido de la espiritualidad independientemente del Dios que hablemos. Quizás ese Dios seamos nosotros mismos, quién sabe.
    Un abrazo y como siempre tus entradas nos hacen pensar...

    ResponderEliminar

Los comentarios en esta página están moderados, no aparecerán inmediatamente en la página al ser enviados. No seas hiriente al comentar, no seas más listo que nadie, no te las des de inventar el huevo porque el huevo ya está inventado. No descalifiques a otros sin ton ni son. No utilices el anonimato para decirles a las personas cosas que no les dirías en caso de tenerlas delante. Intenta mantener un ambiente agradable en el que los demás puedan comentar sin temor a sentirse insultados o descalificados.Este no es un blog ni triste ni gesticulante: comenta para que los demás disfruten porque has decidido disfrutar de la vida. Los comentarios que incumplan esas normas básicas serán eliminados.