lunes, 4 de mayo de 2015

EL ANOCHECER DE UN CACIQUE URBANO

Hé aquí una nueva entrega del Romancero de Bar, donde se nos presenta a nuevos clientes habituales de El Desapego. El Romancero de Bar es una obra de Luis García Centoira que podéis leer con mayor extensión haciendo click aquí.

ADOLFO.
Un café con leche cuando viene solo de lunes a viernes. Los sábados, además, consorte y magdalenas.

Aunque ya no se presente
en elecciones locales,
a pesar de que diez años
lleve sin ser nuestro alcalde,
que en estos días no quede
interesado que llame
solicitando un empleo
a cambio de algún detalle,
la recalificación
de un solar no urbanizable
firmada de tapadillo,
con el sello que la salve
de las normas urbanísticas
de las leyes nacionales
(todo a cambio, por supuesto,
de un soborno razonable),
Adolfo sigue mostrándose
pisando por nuestras calles,
hoy ya bastante viejuno,
tal vez un poco mochales,
con trasnochado bigote
pero, eso sí, con traje
hecho a medida con diestras
tijeras del mejor sastre.

A diario con su cachava
en mano esquiva los baches
de las aceras que otrora
fueron su reino insondable
y al Desapego se viene
al comenzar cada tarde
y pide un café con leche,
salvo cuando con él sale
María; entonces dos tazas
solicita que le saquen
y dos magdalenas pide
que a las tazas acompañen.
María al lado se sienta,
es muy raro que ella hable;
o ya se hizo al silencio
de ser siempre la adorable
mujer del primer edil
o es que nunca hubo nadie
que su opinión sobre esto
o aquello le preguntase
(sólo cierta vez un cura
le preguntó si iba a darle
un sí quiero a aquel hombre,
el mejor que por delante
le puso la vida, el mismo
que pagó piso y garaje,
los estudios de la niña,
sus diez prótesis dentales
y los mil médicos desde
que se mostró incurable
el mal que volvió su vida,
la de María, un paisaje
por el que vagar descalza
sobre cuchillos cortantes,
pues tanto dolor sumaba
en horas interminables
que si la muerte el final
del dolor significase,
por mucho que sus dos nietas
consiguieran alegrarle
a vivir renunciaría
sin dudarlo ni un instante).

Hace ya treinta y tres años
que con su esposa no yace,
ni María lo requiere
ni inquirió jamás por Carmen,
la mujer que la suplió
en el lecho como amante,
la que con él compartiera
caricias estimulantes,
esa que nunca pidió
que a María abandonase
y quien a su lado estuvo
hasta que el maldito cáncer
se la llevó al parnaso
donde millones de madres
de prole sin apellidos
que un varón les otorgase
descansan ya para siempre
tras recorrer sin quejarse
vidas repletas de amor
por hombres como el alcalde,
quien aceptando mordidas
pagó hoteles y viajes,
un piso en la periferia
y la carrera de Mamen,
un hogar para los tres,
esto no lo olvide nadie,
donde vivieron felices
y él actuó como buen padre.

Y sí, María lo supo
entonces como hoy lo sabe,
¿mas qué queja elevará
si aquella otra pudo darle
lo que ella nunca podía?
Él, además, ni un detalle
olvidó al atender
sus deberes parentales.

Que cada persona vive
como puede, que adelante
la primavera el reloj
o el otoño lo retrase,
el destino nos inventa
biografías ejemplares,
porque todas son ejemplos
y son todas mejorables.

Texto e imágenes son obra de Luis García Centoira. Todos los derechos reservados.



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