VESTAL DE TRAPILLO

El Romancero de bar llega a su novena entrega con la historia de Clara, un romance escrito por Luis García Centoira que aquí ilustramos con imágenes de la modelo Ophelia Overdose,


9. CLARA
En fines de semana alternos, gintonic de Gordon’s en vaso de tubo.

Bella y sugerente como
princesa de mercadillo,
sostén con doble relleno,
sonrisa de carmín tibio,
se aposenta en la terraza
del bar cada dos domingos
Clara Cifuentes Somedo
con un sensual modelito,
bolso de firma trucada
y un ajustado vestido,
apresta de maquillaje,
lista para lucir tipo,
pues todavía recuerda
bajo tres capas de fino
alisado en cara y labios
a quien fue en otro sitio,
otro tiempo y de la cuenta
restando ya cuatro hijos,
la zagala más hermosa
de un pueblecito perdido.

Es cierto que vivir duele
a veces como un martirio,
que limpiar casas se antoja
pago tal vez excesivo
por mostrarse sin engaño,
por amar sin artificio,
mas si acaba la semana
y a él le tocan los niños
la madre deja que aflore
esa deidad del Olimpo.

Es sólo un fin de semana
de cada dos, pero el frío
abandona al fin su cuerpo,
siente un ardor infinito
cuando aparece Ricardo
por ese bar concurrido
y busca con la mirada
a su vestal de trapillo.

Mientras espera repasa
ofensas con el destino,
la del novio que faltó
al altar del municipio,
la del otro que aceptara
sustituir al malparido,
fundar un hogar con ella
en ese gris paraíso
de antenas en los tejados
de todos los edificios,
quien la tomó cada sábado
pues había prometido
ser esposo fiel en dichas
y tristezas, ese mismo
con el que compartió sólo
el momento decisivo
en que ambos confesaron
sin dudar ni lo más mínimo
que lo de casarse fue
un error desde el principio.

La lista llega al tercero
si por ella asoma Tino,
hijo mayor del alcalde
rural, por tanto su primo,
quien durante cinco años,
no exagero, fueron cinco,
cogió el bus de los lunes
para tomarla con mimo,
como se ha de tomar, claro,
la rosa de un jardín vivo,
mientras los niños estaban
en clase y Juan, su marido,
doblaba chapas de acero,
pues calderero es de oficio.

Una curva de herradura,
un charco de fuel maldito,
la niebla ciega de un chófer
embriagado por el vino
hicieron que aquella muerte
fuera el final no previsto
de lo que entonces hacía
soportable el burdo rito
de aguantar el día a día
de un matrimonio extinto,
de mil pasiones de sábado
de sexo sin amor, frío.

También halló Dios su tumba
en el mismo precipicio,
y con ambos se llevaron
sus rezos y el paraíso,
pues nada habrá en el Cielo
que compense el sacrificio
de pasar un día más
con aquel desconocido
a quien nada ya le unía,
ni los papeles, los hijos,
la hipoteca o tantas fotos
sonriendo en cuatro bautizos.

Doblar la edad de su amante
hay quien lo atribuye al vicio,
pero en fines de semana
alternos, cuando los críos
duermen en casa del padre,
Clara espera, casi en vilo,
en el Desapego al hombre
con chupa de cuero fino,
moto negra con alforjas
y motor de dos cilindros
que consigue que se sienta
princesa del infinito,
reina de toda la tierra,
viva hasta el desatino.


El romance de Clara es obra de Luis García Centoira y forma parte del Romancero de bar, al cual podéis acceder pinchando aquí.

Hemos ilustrado este poema con imágenes de Ophelia Overdose, modelo y performancer,  a quien podéis conocer mejor visitando su página web.




6 comentarios:

  1. Holi! Precioso poema.Un beso, te sigo!

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  2. Te hice un comentario y se esfumó. Mañana con la luz te cuento. Está quedando de cine tu romancero de bar.

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  3. Gracias, chicas, por los comentarios.
    Besazos para las tres.
    Isa, éste sólo tuvo un verso que se fue de metro. Algo voy aprendiendo, profa...

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  4. Con tanto sapito dando vuelta ¿qué edad tiene Clarita? jajaja... muy bueno amigo, besote!!

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  5. Gracias, Sil. ¿La edad de Clara? Ya lo sabes: las princesas de mercadillo son eternamente jóvenes.

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