LA VIDA EN CAJAS

Nuestra mente es un trastero donde guardamos lo aprendido, lo jugado, lo leído, lo sufrido en cajas. Cada una de ellas lleva una etiqueta en el frente que la identifica y que la hace resaltar sobre las demás en su estante de ese armario que nuestro cerebro ha bautizado con el esquivo nombre de "Vida".

Cuando nos asalta la melancolía la mente envía a su buscador de emociones, transpaleta en mano, a rebuscar entre los arcones de la niñez. Allí encuentra los sentires del primer regalo de Navidad que logramos recordar, las tardes montando el tren eléctrico con el abuelo, las enharinadas mañanas en que ayudábamos a la abuela a preparar la masa para el bizcocho, las noches en que, ocultos a la vigilancia materna, trasnochábamos con un cómic en una mano y una linterna a pilas en la otra; o esos sábados en que papá nos llevaba al cine y se sentaba a nuestro lado para compartir palomitas durante el primer pase del día de Superman o de La Guerra de Las Galaxias. Benditos son quienes poseen un cofre tan repleto de emociones como este.

Hay una caja donde guardamos los recuerdos que queremos olvidar. Es ese arcón al cual hemos borrado mil y una veces ya la etiqueta, pero que, al parecer, algún malhadado duende de la memoria se empeña en reescribir noche tras noche, desvelo tras desvelo. La tapa de esa caja la abren el miedo, la angustia, el dolor, la falta de piedad con que tan a menudo nos tratamos a nosotros mismos.

En otro de esos cofres hemos apilado agravios. De él sacamos material para acusar a nuestros amigos después de una riña, para echar en cara a nuestro cónyuge tras cada discusión en el tálamo, a nuestros madres, a nuestros maestros después de cada suspenso, después de cada disputa. El problema con este contenedor de ofensas es que no parece tener fondo. Una vez que lo abrimos, aun si solamente fue para echar un vistazo, de él comienzan a brotar sin ninguna medida la ponzoña, la maledicencia y la antipatía. Es, sin duda, el lugar donde nuestro odio acude a abrevar cada jornada, donde nuestra ira halla el barro con el que gozosamente se embadurna.

Hay muchas otras cajas en nuestra mente. Está la de los desapegos, esa donde guardamos los afectos de otro tiempo que preferimos olvidar; y está la de los afectos, esa donde nos refugiamos cada vez que la vida nos maltrata. Es esta última guardan amigos y familiares, dispuestos a arrancarnos una sonrisa cada vez que asoman sus retratos.

Hay un arcón muy especial, al menos para mí, que es donde anida el amor. Ahí vive, en medio de un resplandor permanente, el recuerdo de cada una de las personas a las que amado: el de mi hijo, los de aquellos que casi lo son; y sí, el tuyo que durante tanto tiempo fuiste la primera y única. Y el tuyo, que desde hace años iluminas con tu presencia cualquier noche, posea o carezca de estrellas.

3 comentarios:

  1. Que bien escribís Luis,pero sobre todo que luminoso es tu interior generoso y productivo .
    Personalmente me encanta tu expresividad ,este texto es muy emotivo amigo.
    Un gran año con todo lo que te haga bien Luisito.

    Un abrazo

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  2. ¡Pero cómo me gusta cuando me llamas Luisito, Saro!
    Gracias por tus palabras.
    Sé feliz en el 15 también tú.

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  3. Rematas este escrito con líneas muy sentidas y muy bellas en esa último párrafo. Me encanto Luis. Me parece un gran acierto esto del orden dentro de cierto caos que prevalece en nuestra mente,

    Un abrazo compa.

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