LOS QUE NOS DOMINAN DESDE LA DEBILIDAD


Lo reconozco: soy el candidato ideal para que me dominen desde la debilidad. O lo fui durante años. Por suerte para mí, creo que algo -aunque no sé si lo suficiente, la verdad- voy aprendiendo sobre este particular.

Y es que me ha pasado varias veces ya en esta vida: que se me acerca alguien y establece conmigo una relación aparentemente de igual a igual, pero con el tiempo me encuentro supliendo todas o buena parte de sus necesidades.

Es fácil entenderme, creo que todo el mundo tiene un dominador desde la debilidad en su entorno, así que no dudo que me seguiréis en la siguiente clasificación. Yo creo que las categorías básicas son las siguientes:

El enfermo permanente: es el más habitual, el que está impedido para hacer la compra, para realizar el trabajo encomendado, el que no quiere tener relaciones sexuales porque hoy le duele la cabeza, mañana las piernas y ayer la espalda, el que sólo puede realizar trabajos de oficina porque tiene el síndrome de esto o de aquello, o porque padece cualquier forma de fibromialgia recurrente de lunes a viernes. Vírgenes dolientes. Santos del dolor. Doloridos trileros.

El maltratado por la vida: es ese llorica que va por el mundo aventando lo injusto que fue que le dejaran la primera, la segunda y la tercera vez; el que siempre culpa a su jefe por la primera vez que perdió el empleo, y la segunda, y la tercera; el que siempre cuenta (y pagas tú la ronda) que nació pobre y no tuvo oportunidades en la vida y por eso (pagas tú la segunda ronda) nunca tuvo un trabajo fijo, la oportunidad de estudiar o una casa en condiciones donde vivir (y tú te tomas solo la tercera ronda).

El incomprendido: ese que dice que nadie le entiende, que nadie le presta atención, y eso que él se esfuerza tanto en explicar a los demás su opinión política, su condición sexual, su orientación moral con tal insistencia que te aburre la primera vez que se explaya, y la segunda, cuando abunda en detalles, y la tercera, cuando te prometes a ti mismo que la siguiente vez quedas con tu amigo el canalla, que al menos no adormece a las lechugas.

Yo en esta vida me he encontrado en negocios con socios de cada uno de esos tipos, me he visto implicado en más de una relación afectiva en que el yugo no era el compromiso sino la permanente y creciente necesidad (emocional, económica, de atención, de todo tipo) de la pareja o del amigo, me he topado con compañeros de trabajo que eran a la vez enfermos autorrelatados, incomprendidos y maltratados por la vida, la empresa y el mundo, todo ello desde su punto de vista... y creyéndoselo.

Y es que eso es lo más absolutamente impresionante de todo: ¡esos dominadores desde la debilidad se creen sus propias historias!

Gente que ha crecido en el mismo ambiente que yo, que sus padres han tenido los mismos recursos económicos que los míos, que tuvieron los mismos profesores en la educación primaria, te cuentan que yo he tenido suerte porque pude estudiar y que por eso conseguí un empleo mejor pagado... Y lo siento pero no, no tuve suerte; me esforcé. Porque el esfuerzo marca la diferencia. Aquí, ahora y siempre.

Y a esos santos del dolor, a esas vírgenes dolorosas que se pasean por la vida de los demás contando sus mil y un dolores lo que les puedo decir es lo que el adagio popular afirma: que el que a partir de los cuarenta no tiene un dolor es porque está muerto; pero una cosa es padecer una enfermedad que te llevará a la muerte y otra distinta es lo que nos pasa a casi todos, que debemos aprender a convivir con nuestra dolencia sin convertirla en excusa para no esforzarnos cada día en cumplir con nuestras obligaciones.

Y, en fin, ¿a esa turba de incomprendidos de pose qué se les puede decir? ¿Que ya es hora de que crezcan? ¿Que dejen de ser unos pesados? ¿Que sean capaces de salirse un momento del foco y vean a los demás, cada cual con su propia identidad a cuestas? Todos somos raros, en el sentido de que todos tenemos algo que nos hace ser únicos, diferentes de los demás. El problema es que los otros no tienen ninguna obligación de ser especialmente amables con nosotros porque nos guste la música celta, seamos homosexuales o creamos en la emancipación de la clase trabajadora. Eso nos define y nos da un lugar en el mundo, es cierto, pero nadie tiene por qué estar de acuerdo con nosotros, sentir pena por nuestras creencias o pagarnos la siguiente caña de cerveza porque hace cinco años en el metro un skinhead nos escupió.


(Una plegaria: Señor de las anchos infinitos: líbranos del pesado yugo que nos quieren imponer quienes se acercan a nosotros blandiendo como espadas sus debilidades, devuélvenos la alegría de soportarnos a nosotros mismos y no nos dejes caer en la tentación de compadecer a quien sólo esgrime permanentemente el discurso del dolor, la diferencia o la incomprensión. Amen).


LA BANDERA DEL ARCOIRIS

Esta es mi bandera, la del arcoiris.

Y lo es, incluso aunque yo no sea ni lesbiana, ni gay, ni transexual, ni bisexual, o si lo soy sólo los domingos alternos o los jueves de pasión.

Mi sociedad, la sociedad a la que yo pertenezco es una comunidad que no pone límites a las formas del placer, a los modos del querer, a los sujetos del amor.


Creo que en eso, precisamente en eso, consiste la civilización.

Cada vez que aparece por el mundo el supuesto mesías de no sé qué dios oportunista nos viene con el cuento de que la deidad de turno se ha parado un rato a pensar y ha decidido que la sexualidad se ejerce así o asao. O sea, entre hombre y mujer, con la luz apagada y sin gemir de placer.

Lo voy a decir de un modo que sea fácil de entender: ¡IDOS A LA MIERDA!.

En serio, Dios tiene cosas de las que ocuparse que son muchísimo más importantes que si un hombre y otro hacen la cucharita, que si una moza hace con otra la tijera.

Cuando eres niño y descubres en ti que te gustan otros muchachos, cuando eres niña y descubres que no quieres casarte con Jaime ni con Lucas, o que lo mismo que te atrae Lucas te atrae Marisa, eso cae en ti como una condena. No quieres ser lo que ves que eres. No quieres descubrir que no formas parte del canon, de la mayoría. No quieres saber que te has situado, sin quererlo, sin poder evitarlo, del lado del pecado.

Y si te llamaron Rosa y resulta que te sientes Pedro, o si te bautizaron Jesús y dentro de ti la que vive se llama María, entonces sí que te sientes del todo perdido.

Y no hay nada de malo en que eso te suceda, absolutamente nada. Lo único que te pasa es que eres así. Ni para bien ni para mal. Sólo eres así.

Mi bandera es la del arcoiris porque no quiero vivir en una sociedad que no permita que las Rosas que se sientan Pedro puedan convertirse en Pedro, porque no puedo consentir que cualquier pelado (de cabeza, de cerebro) considere que Mari Cruz no pueda besar en público a Susana sin saltarse no sé qué normas de salvaguarda de la especie.

En serio, no hay nada, absolutamente nada malo en que dos hombres yazcan juntos, se amen y formen un hogar, si es lo que desean. O que follen entre ellos hasta que les salgan llagas. ¿Qué te roba a ti su placer? En serio ¿qué te falta a ti porque ellos sean felices?

No hay norma religiosa, o política, o moral que pueda estar por encima del hecho de que dos mujeres se amen. No la hay. Ninguna ley puede prohibir su deseo, sus jadeos, sus besos.

Mi bandera es la bandera arcoiris.

Y me siento orgulloso de ser gay, incluso los trescientos sesenta y cuatro años al día en que no lo soy.

El fin de semana del 26 al 28 de junio de 2017 se celebrará en Madrid la fiesta del orgullo gay. 

Disfrutad. Como cada año. Yo me siento orgulloso de vivir en un país donde podáis hacerlo. 

AMAOS COMO OS DÉ LA GANA.










ENEMIGOS INTIMOS


De vez en cuando es bueno echarse un enemigo que nos devuelva una imagen de nosotros mismos distorsionada por la ira. Un buen enemigo es como un espejo de odio que saca a relucir lo peor de nosotros mismos: la envidia, el coraje, la agresividad,… 

A un enemigo como dios manda siempre estamos retándolo. Queremos y no queremos encontrarlo a todas horas. Ocupa una buena parte de nuestro pensamiento. Tenemos con él largas conversaciones cuando no está presente, le largamos cuatro o cinco frescas cuando no le tenemos delante y alguna pulla cuando se nos cruza en un pasillo, en la mesa de al lado, cuando nos topamos en el ambulatorio o en la oficina del paro.

A un enemigo le negamos el agua en el desierto, el asiento en el autobús, los apuntes de Derecho Canónico en la facultad y el turno de vacaciones en el trabajo. Si se le cae el bono del metro al suelo lo pisamos para que no lo encuentre, si pregunta por un buen restaurante para cenar lo enviamos derechito al garito donde peor nos sirvieron en nuestra vida. La cura que le proponemos para una escocedura le tendrá una semana rascándose sin parar, con la piel en carne viva. Que se prepare para una muerte dolorosa si es a nosotros a quien pide el antídoto tras una mordedura de serpiente.

Yo he tenido tres, cuatro, tal vez cinco enemigos en esta vida a los que pudiera denominar como tales y, lo más curioso del asunto, es que a algunos de ellos les debo una pequeña parte de lo más luminoso de mi existencia.

Josetxu fue enemigo ocasional, apenas durante unos meses. En quinto de la EGB –la primaria de los años setenta- era un rival en clase en casi todos los aspectos: jefe de la cuadrilla, notas en las asignaturas, altura y complexión física,… Al fútbol yo era mejor, pero él tenía más fuerza.

Hubo un día en que él dijo que Cristina era su novia y a mí me dio por afirmar que no, que era la mía. Teníamos once años, así que a Cristina no le preguntamos nada y solucionamos ese asunto como se arreglan las disputas a los once años: él me arreó media docena de puñetazos, yo le asesté cuatro o cinco patadas en las costillas, acabamos abrazados contra la pared del aula intentando ahogarnos el uno al otro durante la hora del recreo escolar hasta que el profesor entró en clase, nos separó, nos dio un pescozón a cada uno… y ninguno de los dos confesó la razón de aquella pelea. (Con once años uno no anda por ahí diciendo que ventila sus cuitas de amor a puñadas, no por el uso del puño como arma letal, que eso queda muy propio de la edad, sino por la palabra “amor”. Asusta. Provoca una infantil sensación de ridículo).

Josetxu era mi enemigo, es cierto. Pero también se convirtió unos meses más tarde en un buen amigo con quien organizar vibrantes juegos del escondite, el bote o la cazuela, un amigo que cambió de colegio en sexto y ya apenas pude ver durante los años siguientes.

Murió con poco más de veinte años, víctima, como tantos otros de mi generación, de la heroína. De todos mis enemigos íntimos, él ha sido el único que ya falleció y, mira por dónde, resulta que su fallecimiento me sigue conmoviendo, así que imagino que muy enemigo no debió ser. Eso, o que al cabo la fase de amigo aportó más que la previa enemistad.


¿Y Cristina? Bueno, Cristina se enteró de aquella pelea casi cuarenta años más tarde. Los mismos que yo tuve que esperar para que aquella disputa acerca de quién de los dos era su novio quedase dilucidada.

Por suerte, gané yo.


LOS ADIOSES


Hay adioses que son declaraciones de guerra y adioses vacíos de significado como fuegos de artificio.

Hay adioses volubles como divas de plastilina y adioses hieráticos como dioses egipcios.

Adioses que no suenan a despedida. Adioses que hace milenios que debieran haberse extinguido.

Adioses liberadores que se dicen una noche para saludar al alba al mismo monstruo conocido.

Hay adioses que rasgan el corazón de quien los escucha y otros que sajan la lengua como cuchillos.

(Porque) desoyes adioses incomprensibles y (quieres no oír) otros que son merecidos.

A veces los adioses se tornan cárceles y a veces son llaves para abrir presidios.

Hay adioses tan sinceros como los rayos que anuncian al trueno y adioses que se dicen retirando la mirada, con los labios contraídos.

Adioses que todos se creen. Adioses que se descreen a sí mismos.

Hay adioses que son tan imposibles que desentonan en la vida como un mueble fuera de sitio.

Uno vive acompañado por sus adioses, preguntándose tras cada uno nuevo qué hubiera cambiado si este o aquel no hubiesen sucedido.

Y en realidad da igual. Todos los adioses tienen su valor, su aroma, su propio sentido.

Giran como estrellas dominantes en los universos para los que fueron concebidos.

Crean mundos. Dibujan universos. Alumbran galaxias. Delimitan infinitos.

Llenan de ángeles el infierno y de súcubos el paraíso.


Sí. Cada uno de los adioses -los que di, los que me dieron- alumbró a un hombre distinto.


LA PLENITUD (III)

Imagen: Alberto Mielgo

Hay un momento, al final del amor, cuando las sábanas ya no pueden estar más húmedas, cuando ya se han empapado los rincones más ocultos de cada organismo, en que los párpados se abren para no ver nada aunque los ojos estén mirando, en que la boca se abre para no decir nada aunque los labios estén hablando, en que el único gesto de la mano que tiene algún sentido es el de acariciar aunque sea al aire.

Es una especie de éxtasis en el que no ha intervenido Dios ni promesa de cielo ninguna, al cual hemos ingresado al margen de nuestras buenas obras o de las promesas que en algún momento hayamos incumplido. En él no intervienen ni el pecado ni el karma.

No es recompensa, pero sabe a premio.

A ese momento, al final del amor, justo cuando la pasión se ha saciado, llegan por igual las buenas samaritanas de los centros caritativos y los aprendices de mafiosos, los carniceros de barrio que recortan chuletas de bovino y los carniceros a sueldo que horadan corazones humanos.

No siempre es esa la estación donde se bajan los pasajeros del tren del deseo. A veces uno de ellos se apea antes de alcanzar el andén o, creyendo que el tranvía continuaría adelante con su viaje, uno de ambos ni siquiera encuentra apeadero en el que culminar, satisfecho, el trayecto emprendido.

Imagen: Alberto Mielgo
En las máquinas expendedoras de billetes de las estaciones de las cuales arranca el ferrocarril del gozo carnal uno paga el importe del trayecto sin poder elegir el destino ansiado. Somos viajeros extraños, los amantes, que siempre nos la jugamos a cara o cruz, pues podemos llegar a tierras de infinita mansedumbre o de desatino sensual. Incluso, a veces, esa moneda que lanzamos al aire, cae de canto, y entonces no sabemos si hemos llegado a algún destino o si todavía sigue nuestro convoy circulando sobre las vías.

Pero a veces hay suerte, a veces el tren nos lleva a los viajeros que compartimos un mismo tranvía hasta esa estación deseada donde ambos nos bajamos a la vez, exhaustos y agradecidos, mirando sin ver, hablando sin sonido, con el corazón intentando recobrar su ritmo normal y la respiración recuperando la calma.

Y los días en que eso sucede, para qué negarlo, redescubrimos que vivimos en un sistema solar iluminado por tres soles: el que quema, tú… y yo.

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LA PLENITUD (II)

Esther Barend

La PLENITUD, así, con mayúsculas, es un estado de la vida que implica a cada músculo de nuestro cuerpo, a cada pensamiento, a cada minuto del tiempo que en ella transcurrimos. No necesita ni siquiera de definición: cada vez que estamos en ella, en la Plenitud, sabemos, sentimos que en ella estamos.

La plenitud, por tanto, no es una esencia, algo que está ahí desde que nacemos o que se queda con nosotros una vez que la conseguimos, como si fuera un premio por llegar el primero a la meta, o por haber seguido las consignas de un político o un líder sindical, o por haber cumplido las reglas de conducta de esta orden religiosa o de aquel gurú. Es, ya lo he dicho, un estado, o sea, algo pasajero. Como viene, se va.

Es una conquista, claro que sí. Pues nadie nos la regala. Es el objetivo al que dirigimos nuestro camino, pero nuestro camino sigue incluso cuando llegamos a la meta de la plenitud, pues ésta se puede desvanecer por nuestra culpa o por la influencia o los actos de otras personas.

Tal como yo la concibo la plenitud viene a ser un cielo en la tierra, el paraíso de quienes no creemos en la vida de ultratumba. El nirvana que nos es dado alcanzar en esta vida finita que vivimos, en este tiempo que, queramos o no, tiene fecha de caducidad. Como la plenitud misma. Vida finita; finita plenitud.

Esther Barend

A veces yo me he sentido pleno durante, al menos, una jornada completa. Son días perfectos, en los que todo lo que sucede es maravilloso, en que no hay nada que no se merezca ser disfrutado, en los que cualquier palabra oída suena a música, cualquier claridad parece luz, cualquier aliento lo es de placer.

Y esos días han ocupado semanas en ocasiones. Y a veces he sido yo el responsable de su final. Y a veces sólo he podido ver cómo esa plenitud se iba por deseo de un tercero sin poder hacer nada para que ese estado no hiciera efectiva su naturaleza fundamentalmente temporal.


Ahora bien, uno no llega a la Plenitud si no ejerce determinadas capacidades, si no desarrolla ciertas destrezas, si no enfrenta la vida actualizando en sí mismo ciertas actitudes, esas a las que me atrevo a llamar virtudes capitales, que poco o nada tienen que ver con las teologales, pues ni son aquellas ni se oponen a los que otrora denominaron pecados capitales.

Estoy hablando de esas virtudes que yo concibo como los ladrillos que sostienen el edificio de la plenitud, virtudes laicas como la curiosidad, el entusiasmo, el bien amar, la tolerancia, los buenos modales, la búsqueda y la aceptación del placer, la equidad o el descanso.

Sé que en su conjunto no ofrecen una senda hacia el paraíso, que ninguna de ellas habla de privación o sacrificio, que ningún sacerdote del mundo las acogerá como camino para el perdón de los pecados, pero... ¡qué más da! Esas sendas teológicas conducen a la felicidad en un tiempo inauditamente lejano. Yo no sé cómo acortar el periplo para ver el dulce rostro del Altísimo, así que mis recetas, si es que alguna puedo dar, serán, solamente, para procurar un poco de bienestar en esta vida.

¿Acaso no es eso ya bastante? A mí, al menos, hay ocasiones en que me funcionan.

Esther Barend
Las imágenes que ilustran este post son obra de Esther Barend. Podéis ver más haciendo clic en