sábado, 14 de enero de 2017

CÁCERES, CIUDAD DEL AMOR

Imagen: André Kohn
Imaginemos por un momento que dos personas, un hombre y una mujer, por poner el caso, se encuentran un día en un bar de una ciudad española. ¿Cáceres? Bien, Cáceres está bien. Nunca estuve en Cáceres. Juro que hasta el día de hoy nunca he puesto un pie en Cáceres.

Comienzan una conversación intrascente acodados ambos en la barra del bar. Algo acerca del tiempo o de la importancia que tiene para ambos viajar a la costa cada verano. Ella prefiere las playas nudistas, pero no lo dice. Él tiene que ponerse mil kilos de crema porque el sol le quema en cuanto se expone, y se lo dice, pero ninguno da mucha importancia a ese asunto. Ni a ninguno otro. Hablan porque hay que hablar, porque él huele de esa manera, porque ella sonríe de esa forma, de esa manera y de esa forma que ella no puede evitar acercarse para respirar esa fragancia y él no puede apartar la vista de esos labios.

Al cabo de una hora la conversación ha entrado en algún terreno algo más personal, tampoco demasiado. Los gustos musicales de cada uno. Sus películas preferidas. La afición de él por las novelas de terror. Las de ella por la novela negra.

Dos horas y tres cervezas más tarde están besándose, sobándose en el interior de una habitación de hotel. Ella ha pedido que él apague la luz porque últimamente ha engordado algo y no le apetece que le vean desnuda, no si no es en una playa nudista. Él ha accedido sin problemas porque aquello no estaba previsto y, joder, lleva calzoncillos blancos de algodón.

Ella tenía condones. Menos mal, piensa él, porque él no lleva nunca.

Al acabar, a él le hubiera gustado quedarse a dormir juntos esa noche. Ella prefirió marcharse porque al día siguiente trabajaba de mañana en el hospital y ya casi era la una de la madrugada.

Imagen: Roy Lichtenstein
Ella no le había contado a él que creía en Dios, pero no en la Iglesia, que llevaba sin votar desde hacía ya casi diez años, que tenía una curiosidad horrorosa por saber lo que se siente al consumir alucinógenos pero que no se atrevía, que su mayor miedo era a envejecer sola, que nunca superó la imagen de su madre consumida por el cáncer y que de pequeña un tío suyo la sometió a unos toqueteos que bien podrían considerarse inapropiados.

Él no le había contado que hacía un año que no conseguía un trabajo que le durase más de una semana, que estaba pensando muy seriamente emigrar a algún sitio lejano como Australia o Cataluña, que él creía en el poder de las cartas para desvelar el futuro de las personas y que pensaba, de hecho, que tenía poderes para relacionarse con el mundo de las fuerzas ocultas, que odiaba los debates de política en la televisión y que a menudo, cada vez más frecuentemente, se imaginaba a sí mismo como padre de familia numerosa.

No se dijeron nada de todo aquello. Y eso que para ella eran muy importantes todas esas cosas. Y para él lo eran, igualmente. Pero a él le dio igual. Y a ella, entonces, le pareció lo mismo.

Ahora mismo ella no recuerda si él se llamaba Rubén o Ramón, algo con erre, eso sí; él sí recuerda que ella se llama Clara, ...¿o era Laura?

El caso es que él le dio su número de teléfono y él grabó el de ella en la memoria de su móvil. Sí, ahí puede mirar el nombre de ella. Cualquier día de estos lo hará y conseguirá retenerlo en la memoria.

Y el asunto es que se gustaron.

Y que él tampoco tiene otro plan para hoy.

Y que a ella su plan de ir al cine con una amiga se ha chafado a última hora.

Imagen: René Magritte
(Va a ser muy difícil explicar por qué él no le llamó nunca. Por qué ella pensó en llamarle alguna vez, pero jamás lo hizo. Quizá fuese porque ella jamás se acostó con un desconocido hasta aquel día. O tal vez sea porque aquel inesperado encuentro sólo conserve su belleza si jamás vuelven a encontrarse. Si siguen siendo siempre eso, dos desconocidos).

martes, 3 de enero de 2017

RITUALES ATEOS

Volverse ateo es una decisión complicada. Significa quedarte sin ceremonias. O verlas disminuir tanto en número que no alcanzan a cubrir los momentos más importantes de tu vida.

Siempre se ha dicho que la religión se concibió para explicar la relación del hombre con aquella parte de la naturaleza que no comprendía: el enfado del dios del rayo explicaba por qué la tormenta atronaba, el capricho de la diosa del mar daba una razón a los maremotos, los incendios se explicaban por la llamarada cruel y despiadada de cualquier dios del fuego. ¿Y la enfermedad? La enfermedad es lo que sucede cuando la naturaleza se revuelve contra nosotros, cuando nos da su gran sopapo, nos pone de rodillas y nos da eso que tanto nos desarma…. el dolor. ¿Cómo no vamos a suponer, entonces, que ha sido un dios que nos ha enviado una plaga, o que es un espíritu tan inmortal como maligno que nos contamina con su ponzoña de ultratumba?

Otra de las razones por las cuales se inventó la religión es porque servía para dar esperanza frente a la muerte. El problema de ser consciente de la propia existencia, de saber que eres y que existes, que es lo que tiene el ser humano, es que a la vez que sabes que estás vivo descubres que eso no será para siempre. Tener conciencia de la vida es tenerla de la muerte. Y eso nos arrasa. La muerte no es que nos asuste, como la enfermedad, es que nos aterroriza. Y para eso está dios, para decirnos: tranquilos, vivid como yo os mando y, al acabar vuestro paso por este mundo, en el otro os estaré esperando yo, con la barbacoa a punto, dispuesto a daros una fiesta de bienvenida al paraíso que jamás olvidaréis.

La enfermedad y la muerte. O mejor dicho: el miedo a la enfermedad y a la muerte son las razones por las que creamos a dios, a los dioses, o a los númenes que sustituyan a unos o a todos ellos.

La religión, en cambio, surge de los ritos. De los de adoración, sí, pues los rezos forman parte de ella, al igual que cuantas experiencias de tipo extrasensorial a las que se convenga dar razón de ser divina.

Pero hay una parte de los ritos que tiene que ver con la vida en sociedad. Nacer, crecer, casarse, tener hijos, morir. Para los católicos: bautizos,  bodas, entierros.

Hasta quienes no somos creyentes acabamos acudiendo a esos cuatro actos como señal de respeto hacia quienes los celebran. Y quienes lo celebran algunas veces ni siquiera dan a esos eventos un especial significado religioso. En eso creen los sacerdotes y algunos, muchos fieles. Pero muchos otros lo que nos están diciendo es: he tenido un hijo, ven a disfrutar conmigo del momento en que comunicamos a nuestro pueblo su nombre; o: voy a unir mi vida con este hombre y quiero que todos os enteréis que, con independencia de los hombres con los que luego le vaya a ser infiel, a día de hoy quiero comunicaros que mi fidelidad es un grito que me quema en la garganta; o, en su caso: ha fallecido mi hermano y necesito que juntos le lloremos, le recordemos, le demos sepultura, le acompañemos en un viaje último, seamos capaces de borrarle de la nómina de los vivos.

Para todo eso hacen falta ritos. Una imposición de nombre sin ceremonia es como un hijo que no ingresa en la comunidad; una fidelidad sin comunidad ante la cual exhibirla es un compromiso no perfeccionado; una muerte no dolida, gritada y compartida por quienes conocieron al difunto es como dejar al alma vagando sin destino por toda la eternidad.

La razón puede explicar por qué dios no cabe en el universo. La ciencia puede afirmar que jamás ha encontrado una sola molécula cuya explicación no pueda ser explicada sin recurrir a argumento de divina creación. Pero ni razón ni ciencia nos dan ritos que nos anclen a la comunidad en la que vivimos.

Por eso dios va a vivir siempre, porque hasta que sus ceremonias no pasen a ser parte de la cultura no creyente los no creyentes van a continuar acudiendo a los únicos prestatarios de dicho servicio: los sacerdotes.

Estoy profundamente convencido: a una religión basada en dios sólo puede sustituirle una religión no basada en dios. Pero ritos ha de haber. No hay sociedad que se sostenga sin una ceremonia para celebrar la vida, publicar los compromisos o acompañar a la muerte.

Algo de eso ya se hace con las ceremonias de matrimonio civil. Son un tanto tristes, pero esos cinco minutos en que el juez o el alcalde de turno nos leen el código civil mientras estamos vestidos de gala, al menos para algo sirven. Al salir de allí nos da la sensación de que hemos hecho algo que justifica el que ahora  nosotros, y nuestros doscientos invitados, podamos ir a darnos una opípara comilona en el restaurante de turno.

Pero, ¿un nacimiento se puede solventar sólo con que anoten el nombre del niño en el registro correspondiente?, ¿una muerte se puede cerrar sólo con juntarnos en un crematorio mientras se incinera a la madre fallecida? Creo que coincidiréis conmigo en que ambos acontecimientos precisan de algo más.

O sea, que si no queremos recurrir a sacerdotes de dioses en los que no creemos, ya podemos empezar a concebir una religión laica, civil, aconfesional, o como queramos llamarla, pero que posea todas las ceremonias que necesitamos.

Y si nos ponemos a ello, ya que estamos, no creemos sólo ceremonias para imposición del nombre, bodas y defunciones. Aprovechemos el tirón y creemos ritos de paso de nuevo cuño, por ejemplo como estos:

  • La apoteosis de la movilidad: ahí celebraremos la obtención del carnet de conducir. Puede servir como excusa para recabar  fondos con los cuales acceder a nuestro primer utilitario.
  • Cada divorcio: igual que celebramos con bodas el compromiso, ¿por qué no hacer lo mismo con el “des-compromiso”?
  • Cada decenio, sobre todo a partir de los cuarenta. Son momentos que marcan profundos cambios de perspectiva en nuestra forma de ver el mundo.

Vamos, que bromas aparte, si queremos, y podemos no querer, por supuesto, que los sacerdotes dejen de regir nuestra existencia vamos a tener que inventarnos nuevos maestros de ceremonias… que sepan hacer eso, precisamente, oficiar ceremonias.

Pensadlo: sacerdotes laicos, sacerdotisas policonfesionales... ¡No me diréis que no es una idea atractiva!

jueves, 29 de diciembre de 2016

CÁRCELES DE CULPA Y MIEDO

Hay varias cárceles donde nos encerramos nosotros solitos, contra toda lógica, siempre en nuestra contra. Sucede eventualmente, de modo voluntario y, por supuesto, sin hacer caso a la razón.

Hay dos cárceles de este tipo que son particularmente crueles: la de la culpa, la del miedo.

Creo que ambas dos tienen un mismo origen, el pensamiento monoteísta en torno al pecado y al infierno, ese germen que todos tenemos plantado hondamente en la tierra de nuestro pensamiento y que, para nuestra desgracia, no deja de dar fruto continuamente. Pecamos en el Edén, nos espera una vida de dolor y desgracia que sólo podremos redimir si nos olvidamos de nosotros mismos y santificamos a nuestro Señor por encima de todas las cosas.

La puta moral.

Si el sexo nos divierte: pecado. Si la comida nos apasiona: pecado. Si rompemos un matrimonio: pecado. Si decidimos abortar: pecado. En alguna religión: si nos tomamos un chato de sidra, pecado. No debemos hacer tantas cosas que, cuando hacemos alguna que raya la frontera del placer, lo primero que nos asalta es cierto sentimiento de culpa. Nos sentimos incómodos por tantas cosas que ni siquiera dependen de nosotros que difícilmente pasa un día en que no sintamos una punzada de remordimiento por algo.

Y la culpa tiene su propio ejército.

Que policías inculpen y jueces condenen está dentro de la lógica de las cosas. Así es, y así debe ser. Pero ¿que los padres jueguen a culpabilizarnos, o los profesores, o los amigos, o... o todos esos que durante un tiempo ocuparon el centro de nuestro corazón? 

Hay un juego perverso al final de cada matrimonio en que cada uno de los exmiembros de la pareja intenta culpar al otro de la ruptura. En el fondo la cosa, en la inmensa mayoría de los casos, se resume a algo muy sencillo: malos tratos aparte, generalmente es cuestión de que uno de los dos ha dejado de querer al otro. 

Pero están los niños. - Y se deben quedar conmigo porque tú has roto nuestro matrimonio.

Y está la casa. - Que debe ser mía porque tú has roto nuestro matrimonio.

Y los amigos. - Que me los quedo yo porque tú has roto nuestro matrimonio.

Lo malo de este asunto es que ese o esa que rompieron su matrimonio acaban creyéndose que efectivamente son culpables y se meten en una espiral de desprecio de sí mismos que, cuando está abajo la montaña rusa (que es el centro emocional de una persona los primeros meses de un divorcio) acaban llevándoles a un desprecio de sí mismos que no es sino una enorme mentira. En el amor no hay culpas. Quieres o no quieres. Y decides vivir juntos o separados porque, ante todo, eres un ser libre.

Hay exmaridos (alguna vez incluso exmujeres) que intentan dar una vuelta de tuerca más. Cuando no les funciona lo de apretar a las esposas que han dejado de serlo apelando al daño que van a hacer a la familia, comienzan a amenazarlas con que les harán la vida imposible, que de ellos nunca van a poder librarse, que si ellos no van a ser felices tampoco permitirán que lo sean ellas, etcétera, etcétera.

Hay personas, mujeres sobre todo, que transitan en esas situaciones de las penitenciarías de la culpa a las del miedo. 

La cuestión es que de las unas y de las otras se sale sólo con la voluntad de querer salir. Bastante cabrones somos ya como carceleros de nosotros mismos como para aceptar que nuestros exmaridos o exesposas lo sean.

Yo tengo la suerte de no habitar ninguna de ambas, al menos a día de hoy. Pero quien no haya usado alguna vez el recurso de generar miedo o culpa en otra persona que tire la primera piedra. Sea padre, profesor, cabo o expareja.

Por las veces en que yo pude haberlo hecho pido perdón, que también es de justicia. Pero nunca, jamás volveré a habitar voluntariamente una de esas cárceles. Me culparé cuando haya asesinado a alguien. En la prisión del miedo voy a encerrarme sólo cuando frente a la puerta de mi casa instalen de modo permanente una ametralladora.

Mientras tanto, las rejas son lo único que está prohibido en mi vida.


domingo, 25 de diciembre de 2016

AQUÍ Y AHORA

Definitivamente, hay sitios que sólo existen en los diccionarios. Incluso los hay que únicamente tienen un espacio que ocupar en las tierras del país de lo Imposible.

Por ejemplo, "Donde Cristo perdió el mechero". ¿Alguien tiene la más remota idea de por dónde cae ese lugar? Seguro que si hiciéramos una encuesta a nivel nacional, nadie, absolutamente nadie tendría ni siquiera una ligera idea de dónde diantre se halla ese sitio. Lo que sí sucedería es que buena parte de los consultados lo situaría en una comarca donde los municipios limítrofes serían "Atomarpolculo", "Afreírespárragos" o la pedanía de La Porra.

Hace muchos años leí una novelita de un marciano divertidísimo que se titulaba "Los que se fueron a La Porra". Para su autor, Alvaro de La Iglesia, La Porra era un pueblo donde vivían todos los que un día fueron enviados a tal lugar por  ser unos pesados, tocapelotas o, simplemente, aguafiestas. Un día te mandaban a la porra y, bueno... pues te ibas. (...En serio, ahora que nadie nos oye, entre nosotros,  ¿a cuántos no empadronaríamos a la fuerza en ese enclave galaico-manchego si nos lo permitieran? 

Ese era un sitio real, La Porra, con sus casas, sus bares, sus tiendas y sus habitantes. Hay otros lugares que son lugares pero no están en ninguna parte. Por ejemplo, La Gloria.

Te sientas en el sofá de tu casa, en la tele un capítulo de Narcos o de Juego de Tronos, una cervecita y un sandwich mixto sobre la mesa... Y estás en La Gloria. Sólo con eso el AVE ya te ha llevado a La Gloria. No hace falta más. Bueno sí; si encima te hacen un masaje en los pies mientras te vas comiendo el emparedado, entonces ya no estás ahí, has cruzado otra frontera, acabas de llegar a La Gloria Bendita. Y si después del masaje la situación progresa a una en la que debas poner dos rombos bien gordos y bien rojos, entonces ya estás en El Cielo, sin ropa, pero mismamente en El Paraíso.

A mí hay un lugar que existe únicamente en la mente de cada uno de nosotros. No es un tiempo, no es un espacio, pero al nombrarlo siempre hablamos de un momento y de un sitio. El espacio es aquí. El tiempo es ahora.

Aquí y Ahora.

No hay un lugar mejor, aunque pueda estar en cualquier parte.

Ni hay un tiempo más deseable, por mucho que todos los instantes puedan ser un ahora perfecto.

La felicidad sólo puede acontecer dentro de sus fronteras. Y el amor. Y el placer. Y la risa.

El dolor, en cambio, sucede en ese país, pero también en todos los anteriores. Y el miedo tiene lugar en esa tierra, pero sobre todo sucede en el resto de las tierras venideras.

Aquí y Ahora es el país de la conformidad con uno mismo. Para mí es la única nación donde merece la pena vivir. Es la única donde va a dar igual el color de tu piel, el estado de tus cuentas financieras, tu orientación sexual o tu color de piel. 

Aquí y Ahora es el único tiempo donde frases como "Te quiero" tienen sentido. Y aunque parezca un contrasentido es precisamente ahí donde otras como "Te voy a querer siempre" son sinceras, pues hay futuros que sólo pueden conjugarse en presente. (Es también el sitio donde son sinceros los futuros sólo declinables en presente como "Te esperaré toda mi vida" o pasados verídicamente mentirosos como "Llevo toda mi vida esperándote").

Aquí y Ahora es la nación donde han pedido asilo los orgasmos y las juergas, las canciones que se cantan en torno a las fogatas y las fogatas en torno a las cuales se cantan canciones, las almohadas doblemente ahondadas y las manos que propician caricias en las mejillas o entre las piernas.

Aquí y Ahora es el territorio de la piel. De los besos. Del amor y del olvido. Del disparo y el silencio. Del grito. Del susurro.

Aquí y Ahora es donde vivo.

Aquí.

Y ahora.

martes, 20 de diciembre de 2016

LA VIDA COMO VACA

A mí la vida de las vacas me parece el colmo del aburrimiento. 

Las observo cada vez que salgo a caminar por las veredas cercanas a mi casa y las veo siempre ahí, alrededor de sus abrevaderos, sacudiendo la cola, o en medio de los prados, comiendo hierba, o tumbadas haciendo la digestión de la hierba que han comido, regurgitándola para pasarla de estómago a estómago, volviendo a digerirla. Al final, cagándola. Esto no es broma: con sus pedos, son uno de los principales agentes del efecto invernadero en el mundo. O sea, comer, cagar, pedorrearse y dormir. 

Imagino que el momento más apasionante de su día a día tiene que ser ese en el que entra en su establo el ganadero, la paisana de turno, a sobarles un poco las ubres para extraerles la leche que luego se meterá en cajas, esa leche que renace cada día en los estantes de los supermercados convertida en desnatada, queso o yogur.

Vamos, que serán símbolo de paz, animal sagrado y todo lo que se quiera, pero a mí me parece el animal más soporífero del planeta. Ya no tienen ni siquiera sexo, pues se les insemina por métodos artificiales, sin contacto alguno con macho cornudo que se precie. Ahora que, si yo fuera toro, un toro de esos erguidos, amenazante, de los que cuando te miran se te corta la respiración, si yo fuera toro, digo, y me pusieran delante a una vaca para que yo hiciera en ella mis cosas, en serio, ¡me cambiaba de acera! Que son muy poco sexys las vacas, a ver si se me entiende. Sólo están bien cortadas en rodajas y convertidas en chuletón.

Conozco algunas personas que viven, que son como vacas, y no me refiero al peso, que algunas bien delgaditas que están. Se alimentan básicamente de hierba (a veces incluso sin aliñar), se pasan la vida en una inactividad cansadísima, el sexo para ellas es eso que sucede dos o tres veces al año, y cada vez que abren la boca es como si mugieran, de lo aburrida que resulta su conversación. Y el caso es que se creen que viven. Creen que la suma de ausencias compone una vida. Ni alcohol ni sexo ni comida elaborada ni tabaco ni carne ni pasiones ni viajes ni... Como si sumando muchas renuncias se construyese algo que no sea un conjunto vacío. Cero más cero igual a la salvación (¿!).

Que sí, que ya sé que cada cual elige el modo en que quiere vivir y que las suyas son elecciones tomadas libre y reflexivamente. Es más, estoy seguro de que no dispongo yo de argumentos para convencer a nadie de que una vida entretenida es mejor que una existencia básicamente pasiva, pero mirad, si yo me tengo que reencarnar alguna vez en algo, si puedo elegir en la oficina de reencarnaciones entre unas y otras, a mí que me den, si hace falta, una vida de mosca, o de rana, o de saltamontes, pero, por favor, ni vacas con cuernos ni esas otras vacas, las humanas, de las que hablo.

Aceptaría, incluso, una vida de gusano. Pensadlo. Al menos tienen unos pocos días, unas horas al final de su existencia, en las cuales se convierten en mariposa y van frenéticamente de flor en flor, borrachas de polen, buscando congéneres alados con los que procrear en una meliflua, agotadora, carnal apoteosis final.

Pero vaca no, por favor. Cualquier cosa antes que vaca.




viernes, 16 de diciembre de 2016

LA PRIMERA VEZ



Pienso que uno empieza a ser viejo de verdad cuando ya nunca se sorprende a sí mismo haciendo cosas por primera vez.
Hay una edad, la infancia, la adolescencia, la juventud, en que las primeras veces son el pan nuestro de cada día, de cada semana, de cada mes. El primer día de colegio, la primera excursión con los del cole, el primer día en la playa, el primer suspenso, el primer sobresaliente, la primera vez que das la mano, la primera vez que no te la retiran, el primer contacto de tus labios con otros labios, de tu lengua con labios más íntimos, el primer día que conduces solo el coche de otro, tu primer automóvil, el primer trabajo, el primer sueldo, el primer piso, el primer día en tu segundo piso,…
Esas primeras veces se espacian con el tiempo a medida que vamos consiguiendo objetivos. La edad nos roba cierta capacidad de asombro porque mucho de lo que el mundo tiene para enseñarnos ya lo hemos vivido al menos una vez. Es lo que pasa con el mundo, que nos entrega un lote de vales de asombro al iniciar nuestra vida y, claro, ese lote se va gastando poco a poco.
Pero siempre hay nuevas cosas que ver, nuevos libros que leer, nuevas fronteras, en todos los órdenes de la vida, que conquistar.
Os contaré que, en breve, iré a ver, por primera vez en mi vida un musical. Tengo 50 años. He formado parte de un grupo de teatro. He programado teatro. He escrito teatro… ¡y nunca fui a ver una función de teatro musical!
Y sólo dos veces he visto danza en el teatro.
Y todavía me queda todo esto por hacer:
Quiero aprender a bailar, sobre todo cumbia, bachata y kizomba. Kizomba, antes que cualquier otra cosa, que es como acariciar al deseo en forma de danza.

Quiero visitar varias ciudades europeas –Berlín, Florencia, Siena, Dublín…- y hacer un viaje a Suiza. Y a Japón. Y a Nueva York. Sí, hay decenas de lugares donde debo estar por primera vez.
Y tengo que comprarme una casa donde vivir (ya he vivido en nueve), para vivir por primera vez solo en una que sea de mi exclusiva propiedad.
Y debo escribir un par de novelas que me rondan. Ninguna de ellas será la primera, pero cada una de ellas contará algo por primera vez, así que han de incluirse en esta lista de primeras ocasiones para completar.
Nunca vi ópera. Eso también me lo apunto en las tareas pendientes.
Debo ser muy joven porque todavía me quedan muchas primeras veces que completar.
De las ya vividas, de esas que se han ido quedando grabadas a fuego en mi memoria, creo que puedo hacer una lista de lo imborrable, mi top ten particular de debuts existenciales:

  1. Sin duda, mi primer orgasmo. No sabía ni qué demonios era aquello que sentía, si placer, dolor, o qué. El caso es que me aficioné a la sensación y con el tiempo se ha vuelto un clásico a revisitar a menudo.
  2. Mi primer viaje solo en tren. A Venta de Baños, para dormir en el local de una peña del pueblo que funcionaba, durante las fiestas locales, como sede de cuadrilla, y durante el resto del año como abrevadero adolescente (entiéndase esto en sentido estrictamente alcohólico). Tres días inolvidables en Semana Santa del 83 y otros tres en el agosto de aquel mismo año.
  3. Mi primera visión del río Nervión convertido en un mar. Hablo, claro, de agosto del 83. Al poco de volver de Venta de Baños, precisamente.
  4. Mi primer texto largo, una obrita de teatro sobre la vida de Cam, el hijo maldito de Noé (que estaba tan fabulosamente escrita como sólo un muchachito de 17 años es capaz de escribir). También en el 83.
    (¡Madre mía, qué de cosas pasaron en el 83!)
  5. El primer orgasmo de una mujer jugando conmigo. Me dejó absolutamente perplejo que aquello durase tantísimo tiempo. Pobres hombres, en eso la naturaleza a ellas les dio eso en mucha más cantidad que a nosotros.
  6. La primera vez que comulgué. Aquel pan ázimo que se me pegó al paladar porque era pecado morderlo… ¡Lo que hubiera dado yo entonces por un buen trago de Kas de naranja para poder pasarlo!
  7. Mi primer cinta de casette, que en realidad fueron dos a la vez: la que contenía el Dust in the Wind de Kansas, y el Pyramid de Alan Parson’s Project.
  8. Mi primer sueldo. En el 87. Se fue en comprar una televisión y en pagar la primera parte de lo que había aplazado en la autoescuela por sacarme el carnet de conducir a fiado.
  9. La primera, y única,  vez que corrí una carrera de 11 kilómetros. (Siempre he soñado con hacer una maratón, pero de momento no sobrepaso los 16 kilómetros ni queriendo; debe ser que empecé a correr siendo demasiado mayor. O que no he nacido para correr, por mucho que me empeñe, que también puede ser).
  10. Y, sobre todo, por encima de todo lo anterior, el nacimiento de mi primer y único hijo. Si hay una primera vez en toda mi vida que sea inenarrable, sin duda es esa. Sólo el nacimiento de un hijo es un milagro, un verdadero milagro. Es la cumbre de las primeras veces. El non plus ultra de los inicios.