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miércoles, 27 de mayo de 2015

DESPEDIDA TEMPORAL

Quiero informaros, queridos amigos y amigas que habéis seguido VIVIR ES JUGAR semana tras semana desde hace tres años, que debido a razones de naturaleza personal este blog se despide temporalmente.

Seguro que cuando regrese lo hará con nuevas entradas y bríos renovados.

Hasta entonces, gracias a todos.

Ha sido un placer compartir este tiempo con todos vosotros.

Luis García Centoira.

viernes, 15 de mayo de 2015

GENTE QUE TE VE SI TE MIRA

Illustrations by Amélie Berton. http://amelieberton.com/
No sé en qué lugar o cuándo habré oído eso de que lo que más valoramos en los demás es, precisamente, eso que más nos falta. Y tampoco sé si estoy al cien por cien de acuerdo con dicha afirmación, que imagino que pecará de lo mismo que todas las afirmaciones (esta incluída) pecan: de un exceso de generalización. Será porque las frases lapidarias suenan muy bien, pero sirven para poco más que para adornar las carpetas de los bachilleres y, sí, claro, para aquello para lo cual nacieron, para adornar lápidas.

Aun así no puedo negar que lo que más valoro en los demás no es eso de lo que más carezco (por ejemplo, crueldad poseo poca y, sinceramente, no quiero ninguna), pero sí que es algo de lo que no ando sobrado, precisamente. Tal vez no carezca absolutamente de empatía, pero dudo que si alguien que me conoce hiciera aquí un ejercicio de definición acerca de mi persona dijera que soy, ante todo, un ejemplo pefecto del homo empaticus.

El caso es que cuando estoy junto a personas que sí son empáticas y hacen esas cosas que sólo ellas son capaces de hacer (mirarte haciéndote entender que te están viendo, oírte de un modo en que tú te sabes escuchado, abrazarte dándote un consuelo que va derechito al centro del corazón), cuando una de esas personas me acompaña consigue, casi con su sola presencia, hacerme feliz. Es magia de la buena, la suya. Un regalo del que me hacen destinatario, supongo que sin esfuerzo alguno por su parte. 

Yo intento devolver ese mismo regalo pero, incluso con ellas, fallo. Noto que me distraigo cuando los demás llevan un buen rato hablando de sus aflicciones, siento que no escucho lo que quieren decir más allá de las palabras, que no veo lo que hay detrás de los ojos de mi interlocutor. No es que los demás no me importen, lo que ocurre es que no consigo anclarme en el momento de la conversación, en la persona de mi interlocutor, en sus palabras, su voz, su intención lo suficiente como para poder afirmar que consigo atravesar esa barrera que nos separa a unos de otros, esa frontera que únicamente la empatía logra superar. 

Para mí es un objetivo que sé que jamás conseguiré alcanzar del todo, pero en el cual creo que he de perseverar pues la de ser empáticos es la cualidad que más valoro en las personas que admiro especialmente, como ya expliqué en mi artículo anterior.

Los empáticos son seres especiales. Escuchan tus historias queriendo escucharlas, sin darte jamás un consejo que no pides. Respetan tus silencios y no fuerzan tus miradas. Aceptan tu alegría, permitiendo que entre a habitarles. Te otorgan su consuelo con sólo hacerte sentir que tu pesar les pesa. Y luego, además, tienen su propia vida, su alegría propia, su tristeza, cruzando por la vida, en muchos casos, sin que nadie les devuelva eso que ellos dan a los demás, ese tesoro de infinita comprensión que les sale de dentro de forma natural y espontánea, sin pedir nada a cambio.

Les debemos mucho a los empáticos. 

Yo sólo aspiro a poder devolverles, al menos a los pocos que adornan mi vida con su presencia, a devolverles, digo, un poco de lo mucho, de lo muchísimo que ellos me han dado. De lo muchísimo que ellos me dan cada día.



Nota de autoría: Las ilustraciones que acompañan a esta entrada son obra de la fotógrafa afincada en Bruselas Amélie Berton. Podéis conocer mucho mejor la obra de esta gran artista visitando 

lunes, 4 de mayo de 2015

EL ANOCHECER DE UN CACIQUE URBANO

Hé aquí una nueva entrega del Romancero de Bar, donde se nos presenta a nuevos clientes habituales de El Desapego. El Romancero de Bar es una obra de Luis García Centoira que podéis leer con mayor extensión haciendo click aquí.

ADOLFO.
Un café con leche cuando viene solo de lunes a viernes. Los sábados, además, consorte y magdalenas.

Aunque ya no se presente
en elecciones locales,
a pesar de que diez años
lleve sin ser nuestro alcalde,
que en estos días no quede
interesado que llame
solicitando un empleo
a cambio de algún detalle,
la recalificación
de un solar no urbanizable
firmada de tapadillo,
con el sello que la salve
de las normas urbanísticas
de las leyes nacionales
(todo a cambio, por supuesto,
de un soborno razonable),
Adolfo sigue mostrándose
pisando por nuestras calles,
hoy ya bastante viejuno,
tal vez un poco mochales,
con trasnochado bigote
pero, eso sí, con traje
hecho a medida con diestras
tijeras del mejor sastre.

A diario con su cachava
en mano esquiva los baches
de las aceras que otrora
fueron su reino insondable
y al Desapego se viene
al comenzar cada tarde
y pide un café con leche,
salvo cuando con él sale
María; entonces dos tazas
solicita que le saquen
y dos magdalenas pide
que a las tazas acompañen.
María al lado se sienta,
es muy raro que ella hable;
o ya se hizo al silencio
de ser siempre la adorable
mujer del primer edil
o es que nunca hubo nadie
que su opinión sobre esto
o aquello le preguntase
(sólo cierta vez un cura
le preguntó si iba a darle
un sí quiero a aquel hombre,
el mejor que por delante
le puso la vida, el mismo
que pagó piso y garaje,
los estudios de la niña,
sus diez prótesis dentales
y los mil médicos desde
que se mostró incurable
el mal que volvió su vida,
la de María, un paisaje
por el que vagar descalza
sobre cuchillos cortantes,
pues tanto dolor sumaba
en horas interminables
que si la muerte el final
del dolor significase,
por mucho que sus dos nietas
consiguieran alegrarle
a vivir renunciaría
sin dudarlo ni un instante).

Hace ya treinta y tres años
que con su esposa no yace,
ni María lo requiere
ni inquirió jamás por Carmen,
la mujer que la suplió
en el lecho como amante,
la que con él compartiera
caricias estimulantes,
esa que nunca pidió
que a María abandonase
y quien a su lado estuvo
hasta que el maldito cáncer
se la llevó al parnaso
donde millones de madres
de prole sin apellidos
que un varón les otorgase
descansan ya para siempre
tras recorrer sin quejarse
vidas repletas de amor
por hombres como el alcalde,
quien aceptando mordidas
pagó hoteles y viajes,
un piso en la periferia
y la carrera de Mamen,
un hogar para los tres,
esto no lo olvide nadie,
donde vivieron felices
y él actuó como buen padre.

Y sí, María lo supo
entonces como hoy lo sabe,
¿mas qué queja elevará
si aquella otra pudo darle
lo que ella nunca podía?
Él, además, ni un detalle
olvidó al atender
sus deberes parentales.

Que cada persona vive
como puede, que adelante
la primavera el reloj
o el otoño lo retrase,
el destino nos inventa
biografías ejemplares,
porque todas son ejemplos
y son todas mejorables.

Texto e imágenes son obra de Luis García Centoira. Todos los derechos reservados.



domingo, 19 de abril de 2015

LA PARTIDA DE MUS

Imagen Nathan Brutsky. Más en su página web: www.brutskyart.com


Se sientan alrededor de una botella de tres cuartos de licor de hierbas, con el tapete verde en medio de los cuatro. Ahí puedes encontrarlos cada viernes, en una mesa al fondo del bar El Desapego.

SIN DESCARTE
Sí, ya en la primera mano
entran dos ases y un siete
que con la sota le llevan
a encomendarse a la suerte,
Raúl les niega el descarte
y a hablar les pide que empiecen.
Mal pinta, pues José Félix
posee un as solamente,
mientras que, de sus rivales,
duples de ases y reyes
tiene uno y le han salido
treinta más una a Vicente.

LA GRANDE
A mayor envida aunque
nada lleva y le concede
a Raúl todo el derecho
a subir tres con dos reyes.
Rechaza Félix la puja
y la grande ya se pierde
para los mismos que en marzo
ganaron sobre un tapete
como el que ahora en la mesa
delante de ambos tienen
el premio de la provincia
y que al fin de dos mil trece
conquistaron una copa
de oro con placa al frente
que asegura que son ellos
la pareja contendiente
que a las restantes venció
-y no fue sólo por suerte-
en torneo nacional
celebrado en Albacete.

LA CHICA
Teniendo Carlos dos ases
como los que en manos tiene
a envidar a la pequeña
al abrir lance resuelve,
otra cosa es que la torna
se retrasa sin deleite
porque Raúl en sus pares
dos unos también posee,
si bien a subir la apuesta
es algo que no se atreve.
Si en el juego de las cartas
da ventaja conocerse,
dos cosas sabe Roberto
acerca de su oponente:
que sus hijos no son suyos
aunque su apellido lleven
y que si corta de saque
o treinta y una sostiene
o tres figuras iguales
entre los dedos le hierven.
(O puede que un farol sea,
mas los faroles que mete
Raúl ni él los descubre
ni hay nadie que los pesque.)
Así que al final sabremos
si el envido suficiente
premio fue para dos ases
en compañía de un siete.

LOS PARES
Al abrir ronda de pares
todos afirman que tienen,
así que con dos de a uno
Roberto pasa y asiente
al envite que en su ronda
Félix a todos ofrece;
no dan para más sus cartas.
Órdago lanza Vicente
y después ambos se achican
y a la vez el gesto tuercen;
(una pequeña maldad
al magín del rival viene:
puede que Raúl dos tantos
en este lance se lleve,
pero en la lid de la vida
es Roberto quien a Irene,
la madre de los dos hijos
que ambos comparten, nueve
años hace que en el lecho
del contrario la estremece.)

EL JUEGO
Pues ellos no alcanzan treinta
la partida se detiene,
se muestra lo que se lleva
para que todos recuenten
y lo peor del asunto
es que a ellos sólo acrece
en la cuenta del final
la pegada aún pendiente
pues Raúl suma sus duples
a las medias de Vicente.
De juego treinta y la una
incluso más le enriquecen.

Las cartas se barajean
y a ser repartidas vuelven,
la mano la lleva ahora
Raúl y todos advierten
que está pidiendo en la barra
otra ronda de aguardiente
que pagará la pareja
que menos puntos se lleve.

Cada cual torna a su casa
al anochecer del viernes,
Félix a cenar temprano
y después a ver la tele,
Vicente a pasear la perra
cuando la luna aparece
y Raúl a cantar nanas
a su hijo más reciente,
ese mismo cuyo padre,
a mentirse no se atreve,
es el que cada semana
a cartas con él contiende,
cada uno sito a un lado
de cierto tapete verde.
Consentirlo es, pues, el precio
que él paga indiferente
por su elección de ser padre
le cueste lo que le cueste,
que si consiente el engaño
es porque estéril fue siempre.

La partida de mus es un poema de Luis García Centoira. Todos los derechos reservados.

Más entradas del Romancero de bar en Vivir es jugar:




Texto: Luis García Centoira.
Imágenes: Nathan Brutsky. Más de este pintor haciendo click en en este enlace a su página web.


martes, 31 de marzo de 2015

VESTAL DE TRAPILLO

El Romancero de bar llega a su novena entrega con la historia de Clara, un romance escrito por Luis García Centoira que aquí ilustramos con imágenes de la modelo Ophelia Overdose,


9. CLARA
En fines de semana alternos, gintonic de Gordon’s en vaso de tubo.

Bella y sugerente como
princesa de mercadillo,
sostén con doble relleno,
sonrisa de carmín tibio,
se aposenta en la terraza
del bar cada dos domingos
Clara Cifuentes Somedo
con un sensual modelito,
bolso de firma trucada
y un ajustado vestido,
apresta de maquillaje,
lista para lucir tipo,
pues todavía recuerda
bajo tres capas de fino
alisado en cara y labios
a quien fue en otro sitio,
otro tiempo y de la cuenta
restando ya cuatro hijos,
la zagala más hermosa
de un pueblecito perdido.

Es cierto que vivir duele
a veces como un martirio,
que limpiar casas se antoja
pago tal vez excesivo
por mostrarse sin engaño,
por amar sin artificio,
mas si acaba la semana
y a él le tocan los niños
la madre deja que aflore
esa deidad del Olimpo.

Es sólo un fin de semana
de cada dos, pero el frío
abandona al fin su cuerpo,
siente un ardor infinito
cuando aparece Ricardo
por ese bar concurrido
y busca con la mirada
a su vestal de trapillo.

Mientras espera repasa
ofensas con el destino,
la del novio que faltó
al altar del municipio,
la del otro que aceptara
sustituir al malparido,
fundar un hogar con ella
en ese gris paraíso
de antenas en los tejados
de todos los edificios,
quien la tomó cada sábado
pues había prometido
ser esposo fiel en dichas
y tristezas, ese mismo
con el que compartió sólo
el momento decisivo
en que ambos confesaron
sin dudar ni lo más mínimo
que lo de casarse fue
un error desde el principio.

La lista llega al tercero
si por ella asoma Tino,
hijo mayor del alcalde
rural, por tanto su primo,
quien durante cinco años,
no exagero, fueron cinco,
cogió el bus de los lunes
para tomarla con mimo,
como se ha de tomar, claro,
la rosa de un jardín vivo,
mientras los niños estaban
en clase y Juan, su marido,
doblaba chapas de acero,
pues calderero es de oficio.

Una curva de herradura,
un charco de fuel maldito,
la niebla ciega de un chófer
embriagado por el vino
hicieron que aquella muerte
fuera el final no previsto
de lo que entonces hacía
soportable el burdo rito
de aguantar el día a día
de un matrimonio extinto,
de mil pasiones de sábado
de sexo sin amor, frío.

También halló Dios su tumba
en el mismo precipicio,
y con ambos se llevaron
sus rezos y el paraíso,
pues nada habrá en el Cielo
que compense el sacrificio
de pasar un día más
con aquel desconocido
a quien nada ya le unía,
ni los papeles, los hijos,
la hipoteca o tantas fotos
sonriendo en cuatro bautizos.

Doblar la edad de su amante
hay quien lo atribuye al vicio,
pero en fines de semana
alternos, cuando los críos
duermen en casa del padre,
Clara espera, casi en vilo,
en el Desapego al hombre
con chupa de cuero fino,
moto negra con alforjas
y motor de dos cilindros
que consigue que se sienta
princesa del infinito,
reina de toda la tierra,
viva hasta el desatino.


El romance de Clara es obra de Luis García Centoira y forma parte del Romancero de bar, al cual podéis acceder pinchando aquí.

Hemos ilustrado este poema con imágenes de Ophelia Overdose, modelo y performancer,  a quien podéis conocer mejor visitando su página web.




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