miércoles, 22 de febrero de 2017

LOS DESEOS SECRETOS (PRIMERA PARTE)

Que nadie diga que no los tiene, que no posee siquiera uno, un inconfesable deseo secreto. Sí, hablo de ese impulso de dar un beso a tu cuñada cada vez que se cruza contigo en el pasillo, o de pegarle una hostia, así, con toda la mano abierta para que se le queden bien grabados en la cara los cinco dedos de la mano, una buena hostia a tu jefe. O de levantarle la falda a la señora que regenta la panadería, o de pegarle un buen achuchón al revisor del autobús, ese del bigote, sí, el mozo ese al que te lo comerías sin necesidad de pan para untar en la salsa.
Hay deseos y deseos, claro.
Muchos de ellos es mejor que nunca los lleves a cabo, querido amigo pirómano. ¡Hay tantos insultos que es preferible que no vociferes, pequeño aprendiz de mal bicho! ¡Ni se te ocurra convertir tu deseo de morder yugulares en realidad, draculín de barrio obrero! Y sí, ya sé que los encargados de las empresas de envasado industrial de carne tienen días que parece que perteneciesen a la Gestapo, pero si ese es tu caso, créeme, no es una buena idea comprar un bate de béisbol para estrenarlo en sus rodillas. Ni siquiera si ya es Carnaval y tu disfraz es un remedo del atuendo de la doctora Quinn.
Hay otros deseos que quizá puedas convertir en realidad en alguna ocasión, si las cosas en la vida se dan como tienen que darse. Lo de besar alguna vez a tu cuñada, por ejemplo, tampoco es un impensable; depende de ti, y, ahí está el problema, también depende de ella. Pero nunca se sabe. Lo de tener un lío con el revisor del autobús ya lo veo más difícil, entre otras cosas porque cada vez son menos los empleados en ese oficio, cada día es más complicado ver a uno (en serio, ¿no serán los revisores un poco como los Reyes Magos o Papá Noel, un producto de la mente calenturienta de esos grandes mentirosos, “los padres”?)
Lo que todos poseemos es un deseo de naturaleza sexual no cumplido… y no confesado. Cada cual tiene el suyo, y cada cual se va a la cama a diario, se acuesta con su pareja, hace el amor con ella cuando toca y… casi nunca lo confiesa.
Es curioso. Ninguna de las parejas sexuales se podrían imaginar las cosas que llegamos a hacer con otras posteriores, a poco que estas nuevas muestren un pequeño gesto abriéndonos esa puerta que antes no nos atrevíamos siquiera a imaginar que alguien pudiera entreabrir. Luego no suele ser para tanto, o sí, vaya usted a saber.
Pero hay otros deseos que nos acompañan y que tampoco confesamos porque nos da cierta vergüenza hacerlos públicos. Por ejemplo, tener una cena íntima con Cañita Brava. O asistir en directo a una gala del festival de Eurovisión. O que nos escojan para participar en un reality de Tele 5, uno de esos con mucha carnaza y poco seso en el que pasemos tres semanas encerrados en una casa donde nadie tiene nunca nada que hacer. Hay mucha gente que gozaría mirando fijamente al adolescente que tiene como compañero de cuarto para espetarle, muy pero que muy seriamente esa frase absolutamente absurda que dice “Te nomino”. O aparecer en una película. Aunque sea de extra. El caso es que alguna vez puedas compartir con tu hijo ese momento mágico en que congeles la imagen del DVD y, señalando con el dedo a la esquina del cuadrante inferior de la derecha de la pantalla, le digas: “Mira, ese de ahí, el que está de espaldas, soy yo. Impresionante, ¡eh?”
Y digo yo, si eso es lo que nos gusta, si con ello no hacemos daño a nadie, ¿por qué no lo decimos abiertamente? Si requerimos de nuestra pareja para ello, pues se lo proponemos y ya está, que lo peor que nos pueda pasar es que nos digan que no a mantener un trío interracial, pero igual nos dice que sí al coito en el jacuzzi. Y si lo que queremos es ir a un programa chusco de esos, pues, qué coño, pongámonos en la fila del casting. O apuntémonos al club de fans de Madonna, o de Pablo Alborán, o de Pablo Motos.

(Si me interrogo yo acerca de mi deseo secreto, como los de naturaleza sexual últimamente los voy satisfaciendo -crucemos los dedos para que esto dure-, creo que es fácil formularlo: yo quiero cenar con Beyoncé. Vale, que puedo ir por la vida de todo lo intelectual que se quiera, pero qué le voy a hacer, igual que hace años me tenía atontado Madonna y suspiraba por la Halle Berry de Catwoman, hoy por hoy una velada con Beyoncé sería lo más de lo más. Como con la doctora Quinn, es cierto, pero más todavía. ¡Joder, si es que parece una diosa incluso cuando está encinta...!)


sábado, 18 de febrero de 2017

NI PRINCIPES AZULES NI SAPOS DE LA CHARCA

Hace poco me decía una amiga que, de entre tres hombres que la pretendían, no escogería a ninguno. ¿La razón? “Joder, pues porque no me pone ninguno de los tres”.


Es curioso lo torpes que podemos llegar a ser los hombres, sobre todo a partir de los cuarenta. Los tres, en sus intentos de seducción, han adoptado, como estrategia de conquista, el rol de protector. De macho protector. De príncipe azul, vaya, ese que se lleva a la Cenicienta de turno a vivir a palacio y le compra una pamela de ala bien ancha para exhibirla en las carreras de caballos. Y ella, que está tan necesitada de protección como cualquier Bella Aburrida del bosque, tal vez sea lo que menos valora en ellos. Con más de cuatro decenios de edad a cuestas una ya no cree en príncipes, ni azules, ni blancos, ni de color rosa palo.


…y esto me ha hecho reflexionar acerca de qué buscan las mujeres, las de hoy, en los hombres. Y no hablo del matrimonio, por supuesto. Hablo, claro, de lo que buscan en la primera línea del escarceo, en el ronroneo amoroso, en el flirteo y posterior desembalaje de ropas, abalorios y susurros.

Es cierto que algunas buscan en su pareja, ya desde el minuto uno, a un padre, un hombre "de los que te cuidan", que traiga a fin de mes una nómina a casa, que arregle los interruptores cuando no se enciende la luz de la sala al pulsarlos, o que maneje el taladro con la misma soltura con la que Rambo manejaba el cuchillo. Pero estas creo que son las menos, al menos entre las que tienen un empleo y se consideran a sí mismas mujeres "independientes". A fin de cuentas, para algo como eso sirve cualquier sapo con empleo fijo y un dominio mediano de la Black&Decker.

Para el cortejo creo que si hay una estrategia que no lleva a ninguna parte es la de ofrecerse como el machito salvador. Sinceramente, pienso que es jugar a perder. Ir de sapo dispuesto a criar ranitas es asegurarse de que vas a acabar croando solo en la charca, salvo que vayas buscando, precisamente, una mujer que croe contigo, rana macho y rana hembra, los dos muy juntitos, quietos, viendo volar a los mosquitos, en la ribera del río remansado.

Si la moza no conoce al mozo lo primero que hará será echarle un vistazo de arriba abajo para ver si le gusta o no. Si le gusta, y sólo si le gusta, entablará una conversación donde sonreirá de esa forma tan peculiar en que sonríen las mujeres cuando quieren lanzar el mensaje ese de “a ver tú qué me quieres vender, guapo”… Como intente venderle algo que no sea alegría, diversión, sensualidad, sexo, el pimpollo de turno, sobre todo si es talludito, está perdido.

(Dicho lo cual, permítase que añada que, a día de hoy, entre hombres y mujeres mayores de treinta años, me encuentro con más mujeres intentando ligar con hombres que hombres procurando seducir a mujeres. ¿Es porque soy vasco y vivo en Euskadi? Hay quien afirma que en el sur esto sucede al contrario pero yo, en mi modesto entender, creo que en todas partes ocurre algo parecido: hombres descolocados, mujeres con ganas de divertirse).

Creo que algo se nos escapa a los varones en esto de la seducción del siglo XXI. Quizá suceda que las princesas de las películas de la sobremesa del sábado en realidad no existen. O tal vez que las que alguna vez soñaron con ser princesas a estas alturas ya se han dado cuenta de que en el mundo sobran sapos y escasean príncipes verdaderos. Y que, de un hombre al que apenas conocen, si les gusta, lo primero que quieren averiguar es si va a ser un buen amante o, de nuevo, otro de tantos batracios aburridos en la cama como proliferan por el mundo.

Sí. Las mujeres quieren sexo. Como los hombres. O más. Porque muchas de ellas, al menos con la mayor parte de los hombres con quienes se han encontrado por el camino, no han tenido experiencias, llamémoslas así, “completas”.

Asumamos que nosotros, si solo vamos a lo nuestro, duramos apenas un suspiro. Y que si no nos ponemos a pensar en ellas cuando estamos haciendo el amor, si no les dedicamos tiempo y esfuerzo, si no somos constantes en el empeño de lograr su gozo, si no hacemos todo esto a ellas no les vamos “a poner”, ni esa vez, ni la siguiente.

Así que ya sabéis. Ataquéis vosotros, o ataquen ellas primero –que por estos pagos es lo normal-, vais a tener una, dos, a lo sumo tres oportunidades de resultar divertidos en el único sitio donde la sonrisa se muestra vertical. Pasadas esas tres ocasiones acabaréis siendo “otro tío que no me pone”. Y la cuarta será para el siguiente de la lista.

Ya podemos tener el mayor sueldo del mundo, prometer que vamos a poner a nombre de ambos nuestro piso del centro de la ciudad y saludar con la mano a su perrillo juguetón que, como no le “pongamos” a la moza en cuestión, como en la cama se aburra con nosotros, sólo seremos otra línea con un nombre en su libreta de “Este tampoco”.

(Y ojo, que no estoy hablando de amor. Ahí, en esa tierra, la del amor, y por extraño que pueda parecer, ni siquiera los aburridos están mal vistos. Ya se sabe lo que dicen del amor, que es ciego. Vamos a añadir que, a veces, incluso un poco desaborío también es, para qué negarlo).


miércoles, 8 de febrero de 2017

MEMORIAS DE UN CREYENTE EN EL DIOS DE LA MÚSICA DISCO


Acabo de hacer la compra en un supermercado que se ubica en el mismo espacio donde antaño estaba mi discoteca de referencia y no puedo sacudirme de encima la sensación de que han profanado un templo. Es como cuando entras en una de esas iglesias que han desacralizado para construir en su interior un restaurante o una sala de conciertos, sólo que al revés.

Donde antiguamente estaba la barra ahora se ubica el pasillo con el pan tostado, las galletas y las magdalenas envasadas. En el mismo lugar donde en otro tiempo pasaba horas bailando los temas de Ace of Base o Michael Jackson ahora se apilan las bandejas de carne envasada. Donde antaño estuvieron las butacas en las cuales tantos besos fueron entregados a media luz ahora se alinean las botellas de vino, las latas de refresco, los botellines de kas de naranja y kas de limón.

Debo confesarlo: cuando he ido a pagar he estado a punto de intentar ligar con la cajera. A modo de homenaje, quiero decir, pero no, me he dicho en ese momento, no hubiera sido lo mismo. Ligar en una caja de supermercado no tiene nada, pero nada de excitante.


Esa sala de fiestas se llamaba Doria Club. Estuve yendo de forma discontinua, pero como un cliente fiel, entre los quince y los veinticuatro años. Allí no di mi primer beso en la boca, pero sí muchos de los mil siguientes. No fue en su reservado donde toqué por primera vez una teta, pero seguramente ha sido el lugar donde más pezones he rozado. Y sí, fue la primera discoteca a la que asistí, la primera en que tomé un San Francisco (y un JB con naranja) y la primera y única que sentí como mi hogar.


La  cosa llegó a tal punto de fidelidad que acabé no pagando entrada para asistir a la misma, haciendo una cierta amistad con el hijo del propietario del local y, sí, besando a la guapa, reguapa, la top de las tops que asistían al lugar.

Ese fue un momento mágico. Permitid que os arranque una sonrisa contándooslo.


Diré la verdad. No recuerdo cómo se llamaba. Era morena y muy, muy guapa de cara. Solía verla por allí cada fin de semana, con sus amigas, o con su novio. A veces me cruzaba con ella cuando yo subía para los baños de caballeros y ella salía del de las damas, ocasionalmente pasaba a su lado cuando comenzaban a sonar "las lentas" y tocaba pedir baile a las jovencitas mientras rodeábamos la pista de baile repitiendo como un mantra cada dos pasos "¿bailas?" casi sin mirar a la interpelada.

Lo solía soñar, o imaginar en momentos de autocomplacencia en mi casa: me cruzaba con ella en las escaleras que daban al baño, como tantas veces, y sin mediar palabra, nos fundíamos en un beso apasionado, sin límites, desarbolándonos el uno al otro. Una fantasía adolescente como otra cualquiera, una excusa para dar la bienvenida a Onán de vez en cuando.


Y el caso es que acabó sucediendo. Sonaron las lentas esas y, mientras de fondo una balada llenaba de sensualidad el local, ella, sí, ella, se acercó a mí y me pidió baile. Nos arrimamos mucho durante las siguientes cinco canciones mientras dábamos vueltas en la pista de baile pegados como dos lapas, y cuando la quinta acabó nos trasladamos al reservado del local. Durante una hora nos besamos y nos magreamos en aquella semioscuridad hasta que, de pronto, a ella se le cruzó la vena y decidió que aquel escarceo había tocado a su punto final.

Tenía novio la muchacha, y era mayor que yo, tal vez uno o dos años. Yo entonces tendría unos dieciocho o diecinueve. Y nunca volvimos a bailar, a besarnos,... ni siquiera me saludaba cuando se cruzaba conmigo, y rara vez nos miramos fijamente a los ojos el uno al otro. Pero, ¡joder, cómo recuerdo aquel día! Y no por la parte física, no por los besos o los toqueteos, no. Lo que me viene a la mente es esa sensación de ser "el puto amo", "el rey del local"... No sólo había pillado con la guapa reguapa requeteguapa del antro aquel, ¡ella había venido a buscarme a mí! Llamadme fatuo, si queréis; yo lo recuerdo como si hubiera subido a un pódium después de ganar una maratón de montaña.


En aquella sala de baile viví una de las épocas más divertidas, plenas e instructivas de mi vida. Pasé de la adolescencia a la juventud al ritmo que marcaba su pinchadiscos, varios de mis mejores amigos se echaron novia arrimándose en esa pista entarimada, hasta yo me eché allí varias novietas que apenas duraban dos o tres semanas después del primer toqueteo.

Y todo eso me ha venido a la mente esta mañana mientras transitaba por los pasillos de ese supermercado apóstata. Al final sólo he podido comprar un paquete de pan tostado y he tenido que huir de ese establecimiento con la sensación de que poner allí el mostrador de la pescadería, las neveras de la charcutería, el expositor de la carne, era un pecado que el dios de la música disco difícilmente va a perdonar a sus promotores.


(Tu nombre sea loado, Boy George).

miércoles, 1 de febrero de 2017

EL HIERRO EN NUESTRA VIDA

Los lugares son construidos por las personas, pero son coloreados por los modos de producción. Dime de qué viven los habitantes de un pueblo, de una región, y acertaré casi al cien por cien cómo son sus casas, sus horarios, sus juegos.
Cuando yo era pequeño en mi pueblo natal, allí donde transcurrió mi infancia, había una fábrica de la industria metalúrgica que daba empleo a quinientos de los cuatro mil habitantes del municipio.
Se llamaba Talleres de Miravalles.
La fábrica ocupaba un espacio inmenso a la ribera del río Nervión, al cual más de una vez contaminó con sus vertidos. Eso, el río contaminado por esa u otras fábricas cauce arriba, es una estampa imborrable de la niñez. Acercarte hasta la orilla y ver flotando sobre el cauce centenares de peces muertos deja una huella inmarcesible en la memoria.

Aquella fábrica hizo construir para sus empleados una barriada entera de ciento veinte viviendas de cincuenta metros cuadrados. Yo crecí en una de ellas. Y eso también forja carácter, pues la lucha por el espacio es tan continua que llega a pasar desapercibida. Y es que en esos cincuenta metros cuadrados hicieron que cupiesen tres dormitorios, un cuarto de baño, una cocina y un salón. Lo juro. Cabía todo eso. Y allí vivíamos, en mi casa, un padre, una madre, cuatro hijos varones y una chica, mi hermana.
No éramos muchos, la verdad. Mi portal era el número 8. Bueno, pues en el 11, en una casa igual que la mía vivía una familia con ¡diez hijos!
Decía que la fábrica marcaba los modos de vida. Dejad que lo ilustre con los juegos. En aquel lugar se trabajaba el hierro. Bien, pues teníamos juegos de calle que consistían en una especie de rayuela sobre barro en la cual se clavaba un punzón de hierro a modo de taba (el hinque), jugábamos al tino con chapas (de hierro), o hacíamos carricoches con ruedas de hierro que eran impulsados por su propia inercia por calles empinadas (se llamaban “goitiberas”).
La vida del municipio la pautaban las campanas de la iglesia (llamando a misa, avisando de la muerte de algún vecino) y la sirena de Talleres instando a entrar en sus instalaciones a los trabajadores por la mañana, o avisándoles del fin de la jornada cuando la tarde ya iba avanzando.
Talleres de Miravalles cerró a principios de los 80 y clausuró un tiempo y un modo de vida en mi pueblo. Como en tantos otros municipios de los alrededores la reconversión industrial nos hizo aprender a vivir con un desempleo del 25 por ciento y, a la larga, a tener que depender de otros sectores económicos. Exactamente igual que a la mayor parte de los habitantes de la cuenca del Nervión o de la del Ibaizabal. Todavía quedan industrias siderúrgicas, pero aquellas que en los 70 daban trabajo a dos mil empleados hoy apenas son atendidas por doscientos.
Y claro, ya no se juega al hinque, ni a las chapas, y yo hace muchos años que no veo a un chaval dando impulso a una goitibera.
Imagino que algo parecido sucede a aquellos que crecieron junto a puertos pesqueros que dejaron de serlo, a zonas mineras donde la extracción del carbón, por ejemplo, ya no resulta económicamente rentable, o incluso a los pueblos del agro montañés que se fueron despoblando.
Aquel tiempo no fue mejor que este. No vivíamos mejor. Creo que podría afirmar, sin ningún riesgo de equivocarme, que en realidad vivíamos bastante peor. Y lo curioso del asunto es que todos aquellos que vivimos una infancia en un entorno tan marcado por ese o por cualquier otro tipo de industria muy definida, cuando nos hacemos mayores, aquel tiempo lo vivimos con una enorme nostalgia.

Será porque éramos niños. O porque todo era más fácil. O porque toda época pasada fue mejor, incluso las que fueron notoriamente peores. Como aquella, sin ir más lejos.











Nota sobre las fotografías que acompañan a este post: las he extraído todas de Internet, así que pido a sus autores que me disculpen por no citarles a pie de foto. Salvo la primera de todas, la del obrero junto al hierro candente, y la de la goitibera, en todas ellas se ven diferentes lugares del municipio: un dibujo del siglo pasado donde se retrata la fábrica que mencionamos en este post, el frontón de mi barriada en el que jugué a diario hasta los diecitantos años, la estación del tren donde paraban los tranvías de cercanías para ir a Bilbao, a Llodio, a Basauri, a Arrigorriaga..., y la plaza del pueblo, con la iglesia local, en cuyo pórtico de entrada jugábamos siendo niños al emocionante juego de las cuatro esquinitas.

miércoles, 25 de enero de 2017

LA BRISA Y EL TALENTO


El talento es esa cosa tan especial que tantos ratos de felicidad nos da, esa habilidad que nos hace pasar horas muertas haciendo eso en lo que destacamos porque nos resulta tan fácil como apasionante. Y es, también, esa pericia en la que tanta rabia nos da destacar, ese don especial con el cual nos dotó la naturaleza y que tantas veces nos hace desear ser tipos normales... sea eso lo que sea.

Caso uno: sujeto A que elabora durante tres horas una ensaladilla rusa para que, al final, en la mesa de Navidad sólo se alaben, como cada año, las croquetas del sujeto B, que las ha hecho en un pis-pas.

Caso dos: sujeto A que tras dos años tocando la batería en la banda municipal ve cómo su puesto se lo quita un muchachito que ni siquiera sabe solfeo.

Caso tres: sujeto A que apunta chistes en un papel para aprenderlos de memoria en las reuniones sociales donde quiere destacar. Luego llega a las mismas y siempre hay un cabrón, el sujeto B, que hace reír con cualquier chorrada improvisada.

Talento para la cocina. O para la música. O para el humor. 

Todo el mundo tiene un talento, y es quizá lo que más orgulloso le hace sentirse de sí mismo. Y lo que más enemigos le crea. (¡Y no te digo nada si el talentoso es guapo! Entonces sí que rompe todos los límites de lo ofensivo. Un listo feo parece alguien que destaca porque la vida no le dio otras cartas; un virtuoso guapo es un desafío extremo a la mediocridad, un órdago a mayor, menor, pares, juego y punto).

Permitidme que esto se lo cuente a alguien especial. Permitidme que hoy, sólo hoy, la llame Brisa. Y es que Brisa ha descubierto que su talento natural va a ser su dicha y su castigo, y no sabe si quiere odiarse o quererse por poseerlo. 

Escucha, Brisa, esto te lo digo a ti.

Es verdad: es por esa destreza en la que destacas sin esfuerzo por lo que te van a odiar los demás. No los demás en general, no. A la mayoría de las personas del mundo tú no les importas nada, entre otras cosas porque ahora no saben de tu existencia, ni lo sabrán mañana. Igual que tú no sabes nada de todas ellas, claro.

Otros estaremos más o menos cerca de ti. Y nos importará lo que te suceda. Y desearemos que lo que te suceda sean siempre cosas buenas. Porque te queremos a ti. O porque queremos a quienes te quieren.

Y habrá otras personas que te odiarán porque se esfuerzan en ser bellas y tú lo eres sin esfuerzo. Y otras que te odiarán porque intentan adquirir conocimientos y destrezas que tú inmediatamente asimilas de forma natural.

O porque aceptas esforzarte para llegar a una meta que para ellas sólo es otro puñetero mojón en la autopista. Y esa autopista, niña, a ti te conduce a la pericia, y a ellas a un título formativo.

No es lo mismo, claro. Y claro que se dan cuenta. Sólo que no saben cómo llamarlo... Es mejor llamarte a ti "chula", o "engreída", o "sobrada"... O ignorarte.

Se llama envidia. A eso que les pasa ahora contigo los demás lo llamamos envidia.

Creo que ni siquiera van a poder evitarlo. Nunca. 

Pero tu don no es un don menor porque ellas te den la espalda. Piénsalo: no quieren estar contigo porque quisieran ser como tú.

No te voy a mentir, pequeña. A menudo te tocará salir adelante sola. El espíritu gregario acepta a los líderes, pero no a los virtuosos. No, el talento no es algo que la manada acepte de buen grado. 

¿Van a aceptar sin más que tú disfrutes con lo que a ellas les resulta un esfuerzo cotidiano? ¿Van a entender que tú hayas elegido una profesión cuando ellas acabaron ahí por simple descarte?

El camino del virtuosismo no es un camino fácil.

Pero no te engañes: tampoco lo es el camino gris de los que eligen ser manada. ¿Transitar por las calles de lo obvio? ¿Vivir vidas vulgares? ¿Sin un solo arrebato de pasión profesional? ¿Sin una obra de la cual sentirse orgullosa? ¿Sin algo que mostrar diciendo: "mira, es único, y ha salido de mis manos"?

Brisa, está en tus manos. Al final quizá todas las sendas lleven derechitas a un hueco en el cementerio, pero me atrevo a decirte que no todas ellas se merecen por igual ser caminadas. 

Tú vas a elegir si el camino que andarás es el tuyo o es el de otros. Pero, si me permites decírtelo, aunque a veces te toque recorrerlo en soledad, tu camino lleva a ti. No lo dudes: ese es el único destino que merece la pena.

Imágenes de Pablo Ruiz Picasso y Berthé Morisot.

sábado, 14 de enero de 2017

CÁCERES, CIUDAD DEL AMOR

Imagen: André Kohn
Imaginemos por un momento que dos personas, un hombre y una mujer, por poner el caso, se encuentran un día en un bar de una ciudad española. ¿Cáceres? Bien, Cáceres está bien. Nunca estuve en Cáceres. Juro que hasta el día de hoy nunca he puesto un pie en Cáceres.

Comienzan una conversación intrascente acodados ambos en la barra del bar. Algo acerca del tiempo o de la importancia que tiene para ambos viajar a la costa cada verano. Ella prefiere las playas nudistas, pero no lo dice. Él tiene que ponerse mil kilos de crema porque el sol le quema en cuanto se expone, y se lo dice, pero ninguno da mucha importancia a ese asunto. Ni a ninguno otro. Hablan porque hay que hablar, porque él huele de esa manera, porque ella sonríe de esa forma, de esa manera y de esa forma que ella no puede evitar acercarse para respirar esa fragancia y él no puede apartar la vista de esos labios.

Al cabo de una hora la conversación ha entrado en algún terreno algo más personal, tampoco demasiado. Los gustos musicales de cada uno. Sus películas preferidas. La afición de él por las novelas de terror. Las de ella por la novela negra.

Dos horas y tres cervezas más tarde están besándose, sobándose en el interior de una habitación de hotel. Ella ha pedido que él apague la luz porque últimamente ha engordado algo y no le apetece que le vean desnuda, no si no es en una playa nudista. Él ha accedido sin problemas porque aquello no estaba previsto y, joder, lleva calzoncillos blancos de algodón.

Ella tenía condones. Menos mal, piensa él, porque él no lleva nunca.

Al acabar, a él le hubiera gustado quedarse a dormir juntos esa noche. Ella prefirió marcharse porque al día siguiente trabajaba de mañana en el hospital y ya casi era la una de la madrugada.

Imagen: Roy Lichtenstein
Ella no le había contado a él que creía en Dios, pero no en la Iglesia, que llevaba sin votar desde hacía ya casi diez años, que tenía una curiosidad horrorosa por saber lo que se siente al consumir alucinógenos pero que no se atrevía, que su mayor miedo era a envejecer sola, que nunca superó la imagen de su madre consumida por el cáncer y que de pequeña un tío suyo la sometió a unos toqueteos que bien podrían considerarse inapropiados.

Él no le había contado que hacía un año que no conseguía un trabajo que le durase más de una semana, que estaba pensando muy seriamente emigrar a algún sitio lejano como Australia o Cataluña, que él creía en el poder de las cartas para desvelar el futuro de las personas y que pensaba, de hecho, que tenía poderes para relacionarse con el mundo de las fuerzas ocultas, que odiaba los debates de política en la televisión y que a menudo, cada vez más frecuentemente, se imaginaba a sí mismo como padre de familia numerosa.

No se dijeron nada de todo aquello. Y eso que para ella eran muy importantes todas esas cosas. Y para él lo eran, igualmente. Pero a él le dio igual. Y a ella, entonces, le pareció lo mismo.

Ahora mismo ella no recuerda si él se llamaba Rubén o Ramón, algo con erre, eso sí; él sí recuerda que ella se llama Clara, ...¿o era Laura?

El caso es que él le dio su número de teléfono y él grabó el de ella en la memoria de su móvil. Sí, ahí puede mirar el nombre de ella. Cualquier día de estos lo hará y conseguirá retenerlo en la memoria.

Y el asunto es que se gustaron.

Y que él tampoco tiene otro plan para hoy.

Y que a ella su plan de ir al cine con una amiga se ha chafado a última hora.

Imagen: René Magritte
(Va a ser muy difícil explicar por qué él no le llamó nunca. Por qué ella pensó en llamarle alguna vez, pero jamás lo hizo. Quizá fuese porque ella jamás se acostó con un desconocido hasta aquel día. O tal vez sea porque aquel inesperado encuentro sólo conserve su belleza si jamás vuelven a encontrarse. Si siguen siendo siempre eso, dos desconocidos).